"No se lo cuentes a nadie"




Imágen: Pixabay.com

Por Esperanza Goiri


Desde que somos muy pequeños los secretos forman parte de nuestra vida. Los cuentos infantiles están llenos de ellos, y se asocian con el misterio y la magia. ¿Quién no ha sentido expectación ante un pasadizo o una puerta ocultos? Qué niño no se ha pavoneado exclamando con sonsonete malicioso: ¡Tengo un secreto! ¡Tengo un secreto! Lo habitual es que se trate de una información intrascendente: que fulanito ha roto la lámpara, que menganito se ha comido dos bollos en vez de uno o que zutanito le ha visto las bragas a la vecina. Ese tipo de revelaciones nos provocan ternura y una sonrisa. Sin embargo, a veces, los menores son víctimas de acciones no tan inocentes, a las que sus verdugos “travisten” de secretismo. No hay nada más cobarde y rastrero que un adulto susurrando al oído de una criatura: “de esto ni una palabra a nadie, es un juego especial entre los dos que nadie más puede compartir”. La lección queda tan bien aprendida y su recuerdo es tan devastador, que se guarda en lo más profundo de la memoria y a algunos les cuesta toda la vida encontrar la llave apropiada para abrir la cerradura y dejarlo salir.

De mayores nos siguen encandilando. Es oír la palabra mágica y se nos despierta un ansia irrefrenable de saber qué se oculta, qué hay escondido; de rasgar el velo y descubrir la verdad, por muy decepcionante que ésta sea. Ya lo avisa el dicho popular: “la curiosidad mató al gato”. Pero no aprendemos. La información es poder y es la clave del tema que nos ocupa. Básicamente el que tiene acceso a un secreto se apodera de parte de la intimidad de otro. Da igual que te lo hayan contado o que lo hayas descubierto tú. El hecho es que desde el momento en que eres partícipe, para bien o para mal, un vínculo se establece entre emisor y receptor. A partir de ahí, los matices de esa relación pueden ir desde la complicidad, la comprensión y la confianza, al cotilleo, al menosprecio y al chantaje.

En todas las familias hay enigmas más o menos enjundiosos. Algunos sólo se desvelan cuando el pariente ha pasado a mejor vida y, al enredar en sus cosas, se descubren afectos, herencias e incluso hijos desconocidos que dejan estupefactos a los que creían conocer bien al finado. También existen los “secretos a voces”, esos que todo el mundo sabe pero que, tácitamente, por cariño, amistad o conveniencia, se obvian. Y, ¿qué me decís del secreto profesional? Sí, ese que da tanto juego en las películas en cuanto aparece un médico, un cura o un psicólogo. El que permite al interpelado acogerse a su ética para eludir dar explicaciones incómodas sobre asuntos espinosos, en su vertiente mala, y proteger la intimidad de quien ha confiado en él, en su vertiente buena. Mención aparte merecen los amores secretos. ¿Hay algo, a priori, más excitante y sugestivo? Compartir frenesí y ardores jugando al gato y al ratón, evitar ser pillados in fraganti, la adrenalina que invade a los que comparten un deseo privado… Esto es así, hasta el punto que muchos de esos amoríos, cuando se hacen públicos, pierden su gracia y se extinguen sin más.

Pero sin duda la joya de la corona son los secretos inconfesables. Aquellos que, ni muertos, estamos dispuestos a revelar. Nuestros seres queridos, por curiosidad, y nuestros enemigos, por maldad, darían una oreja y media de la otra por acceder a ellos. Que sean inconfesables no supone necesariamente que deban ser truculentos, escandalosos o delictivos. Son manías, costumbres, pequeñas debilidades y pecadillos que no nos hacen mejores o peores, simplemente humanos. Comerse los mocos, tirarse pedos en la bañera para ver las burbujitas, tomar tortilla de patatas con nocilla, dormir abrazado a un peluche superada la treintena, llorar viendo las telenovelas… No pongáis cara de sorpresa, ¡bandidos!, que tendréis algunos de éstos y si me apuráis hasta mucho peores. Que conste que hablo de oídas porque ni poniéndome astillas bajo las uñas os iba a confesar los míos, que “haberlos, haylos”.

El caso es que “los secretos los carga el diablo”, y ser confidente, la mayoría de las veces, se convierte en una pesada carga. Porque, vamos a ver, cómo te quedas si tu señora suegra te confiesa en la sobremesa dominical, achispada por el chinchón, que ella nunca ha querido a su marido y que su anhelo hubiese sido vivir libremente una pasión con su amiga Maruchi. O cuando una compañera de oficina, a la que no conoces mucho y le comentas, por ser amable, que no tiene buena cara, te espeta que se ha hecho una ligadura de trompas porque no quiere descendencia, pero no se atreve a decírselo a su pareja. ¿Qué haces? Pues eso, ajo y agua, y a vivir con ello.

También ocurre que el bocazas, a toro pasado, lamenta su desahogo y te evita y guarda rencor, sin más culpa por tu parte, que haberle escuchado. O peor aún: cuando el cotilleo se hace vox pópuli por otra fuente, y eres acusado injustamente de ser el que has levantado la liebre, ganándote un enemigo de por vida. Por eso, os recomiendo que cuando escuchéis cantos de sirena en forma de: “te voy a contar una cosa pero, por favor, no se lo digas a nadie porque es confidencial”, salgáis por patas. Y si hay algún asunto que os corroe por dentro, explayaos con vuestra mascota, las plantas de la terraza o el vecino sordo del quinto, porque ya lo decía Confucio, al que se le presupone mucha sapiencia: “el silencio es el único amigo que jamás traiciona”. 



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