La biblioteca de la vida






José María Ruiz



Naturalmente, la magia pervive en nuestro corazón. Es la ilusión cultivada en el hogar: el misterio de las apariciones. Páramo transformador el de la vivienda, conciencia evolutiva la del ser que, en el crecer a sus ojos, llega el saber. Así gateando viví por los diversos cuartos. Unos primeros pasos donde asomaban las letras de la vida, de nuestra vida.

En el leer y escribir los libros de texto pasé la EGB, y al fin un maestro mandó “leer una novela”. De un bajo techo de la cocina mi padre sacó una caja repleta de libros, una colección plastificada de 100 libros. Era el tesoro de la Biblioteca Básica Salvat, de La tía Tula a la Historia de la pintura española. De la oscuridad había surgido el universo literario. De 1969 a 1971 es el Depósito legal.

Dime a la lectura con los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. La biblioteca de mi padre bien me ayudó con las lecturas escolares obligatorias, ya fuese Juanita la Larga o Eloísa está debajo de un almendro.


Con el bachillerato la biblioteca quedó pequeña. Sin embargo, a los quioscos llegó la Historia Universal de la Literatura, 100 fascículos-100 libros, que semana a semana llevaba a casa. Una colección que inicié con Eugenia Grandet. La estepa literaria se ampliaba. Era mi primera biblioteca, los primeros libros que podía considerar míos. De Don Quijote de la Mancha a Cien años de soledad, de la Ilíada a Crimen y castigo. Mi habitación comenzaba a llenarse de letras.

Semanalmente volvía al quiosco: un encuentro con la novela popular de la mano de José Mallorquí con El Coyote, que Ediciones Fórum reeditó en 1983. Lectura juvenil de mi padre con la que quiso reencontrarse. Eran 192 aventuras del jinete enmascarado Mas, si esos libros los había tenido dónde estaban ahora. “En casa teníamos muchos libros, desde ´El Corán´ hasta ´La Biblia´. Muchos se llevó mi hermana. Ahí teníamos a Julio Verne y a Salgari, me contaba mi padre.

Conversaciones literarias. Hacia Agatha Christie y Erle Stanley Gardner encaminé mis compras, y cuando mi padre consideró llegada mi madurez abrió aquel armario y mis ojos vislumbraron como un millar de libros, todos anteriores a 1950, alguno de 1890. Toda una joya, toda una magnífica aparición. La biblioteca de mi abuelo. Un abismo donde perderse.

La génesis de un nuevo mundo que alumbra un laberinto para abocarse a la felicidad. Fue un día de ver, tocar, sacar, limpiar y volver a guardar. Acababa de abrirse un pequeño infinito. “Pues tu abuelo fue secretario de un escritor y…”, me contaba mi padre. Bien aproveché dos semanas que estuve solo en casa para poner orden en esa multiculturalidad de novelas. Y sobre el suelo del comedor inicié la catalogación.

El pasado se conjugaba en presente, y en cinco pilares se sustentaba aquel magno encuentro: los escritores Pedro Mata, José María Carretero, Harry Stephen Keeler y E. Philips Oppenheim, y la colección teatral de 'La Farsa', una colección de 462 números que tuvo su conclusión el 18 de julio de 1936 con Mi hermana Concha, de Antonio Quintero y Pascual Guillén. Nueve años de historia teatral española. Era la biblioteca de la vida de mi abuelo.

Unos 50 libros faltaban de esa colección, hoy apenas 30 para completarla. Allí deambulo por librerías de segunda mano y de viejo buscando esas ausencias.

Es la huella del abuelo, un abuelo al que no conocí, y testimonio de él vengo a encontrar en La revolución de los patibularios, obra biográfica de José María Carretero, El Caballero Audaz, donde plasma su vivir durante la Guerra Civil en Madrid. Episodios donde descubro la muerte de mi bisabuelo, veo a mi abuela vendiendo libros en la calle, y la tensión de mi abuelo con un arma en la mano… Pequeños trazos, unas líneas de vida escritas por otra persona.

Hoy bien sé que en esa biblioteca, que era su vida, falta el libro de su vida. La vida de Juan José Ruiz Díaz, el abuelo que no conocí. A él me acerco cada vez que leo sus libros, cada vez que sigo completando las distintas colecciones de novelas, pero nunca tendré de primera mano la ventura de su vivir, su testimonio, su palabra escrita… Ese es, ciertamente, el libro que falta en la biblioteca, en nuestra biblioteca: la de mi abuelo, la de mi padre, la mía. Toda esta ficción bien daría por tu biografía, abuelo; por tus palabras, abuelo.



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