A vueltas con los mayores

Por Marisa Díez


Viñeta de El Roto para El País

Estoy en esa franja de edad en la que ocuparse de los mayores se ha convertido en una parte fundamental de la rutina diaria. Si me encuentro con amigos a los que hace tiempo que no veo, la conversación siempre gira en torno al mismo tema recurrente. Quienes tenemos la suerte de conservar a nuestros padres o, al menos, a uno de ellos, dedicamos gran parte de nuestras charlas a explicar cómo hacemos frente a tal contingencia. Algunos más implicados que otros, dependiendo de la relación y el cariño que les profesemos, pero cada uno intentando hallar la mejor fórmula para que sigan disfrutando de sus últimos años a nuestro lado. Nos enfrentamos a múltiples dudas y nos encantaría disponer de la varita mágica capaz de resolver el enigma. Tratamos de adivinar el camino correcto, ese mismo camino que en muchas ocasiones encontramos repleto de obstáculos.

Hace unos días, en medio de una de estas conversaciones, tuve que contar hasta diez y mantener la calma, ante los argumentos que alguien esgrimió para juzgar la forma en que una amiga se ocupa de su madre enferma. Sin mostrar el más mínimo asomo de empatía, calificó a esta última, a la que conozco de toda la vida, de ser una persona egoísta y desconsiderada que estaba amargando la vida a su abnegada hija. Y yo que, repito, puedo hablar con auténtico conocimiento de causa, empecé a recordar los años que dedicó al cuidado de sus nietos, a quienes iba a buscar diariamente al colegio. Los acogía en su casa para darles de comer y merendar y, si se terciaba, también de cenar. Día tras día. Año tras año. Sin una sola queja. Pensé en el cariño que mi amiga ha sentido siempre por su madre, cariño igualmente correspondido. Por eso me molestó la manera en que una advenediza trató de explicarme que, si no podía estar en su casa, “la llevaran a una residencia”, así, palabras textuales, porque estaba “acabando con la salud de su propia hija”. En ese momento la miré, y sólo pude preguntarle: “Tú tienes a tus padres, ¿verdad?, a los dos, y son más jóvenes, y autosuficientes, sin grandes problemas aparte de sus pequeños achaques, ¿no es cierto?”. Me contestó: “Sí, claro, tengo a los dos y viven en su casa”. “Entonces, cuando te llegue el momento”, le rebatí, “vienes y me lo cuentas”. Aunque, en vista de lo que oí, puedo imaginar su comportamiento en ese futuro que ella todavía cree lejano.

Me indigna la ligereza con la que algunas personas se enfrentan a un tema que, de momento, les resulta ajeno; lo sencillo que lo ven, la facilidad con la que esgrimen la solución perfecta. Llevo años intentando discernir si estoy haciendo lo correcto en el cuidado de mi madre, si debería tomar decisiones diferentes o si ella realmente es feliz viviendo en su casa con la ayuda que le proporcionamos mis hermanas y yo. Cada día me enfrento a más y más dudas. Por eso detesto que me den lecciones, o que intenten impartirlas a quien se preocupa de devolver a sus mayores aunque sólo sea una pequeña parte del amor desinteresado que siempre recibieron de ellos.

Podría relatar multitud de conductas que me provocan vergüenza ajena, pero me voy a abstener de enumerarlas. Es simple: en mi cabeza no caben razones que justifiquen el abandono en el cuidado de unos padres que para ti han sido los mejores mientras no te exigían asumir responsabilidades. Por fortuna, también existe el extremo opuesto y en ello estoy, en fijarme y aprender de quienes, antes que yo, salieron victoriosos de esta difícil situación, con la cabeza alta y convencidos de que hicieron todo lo que estaba en sus manos para procurarles el bienestar que merecieron hasta el final de sus días. Tan fácil como entender que más pronto que tarde nosotros mismos nos encontraremos, apenas sin darnos cuenta, en su misma casilla de llegada.

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