¡Qué Movida!




 
Portadas de la revista Madrid Me Mata.


Por Juana Celestino

La oleada de aire fresco que oxigenó España tras la muerte de Franco disipó unas normas que parecían eternas, donde la moral estaba sujeta a las leyes de orden de Estado que, como diría Foucault, no tolera el desorden de los corazones. Quienes recordamos el franquismo, pero no lo padecimos, apenas teníamos preocupaciones políticas. Sí participábamos en manifestaciones (incluso de colectivos ajenos a nosotros), donde corríamos huyendo de la policía antidisturbios —que tenía la doble tarea de crear disturbios y reprimirlos— para terminar refugiados en algún bar bullicioso donde, entre risas, nos alegrábamos de haberles dado esquinazo. Jugábamos a revolucionarios. Eran los años 80 y el espíritu alegre y hedonista que los caracterizó nos alejaba muy mucho de los combativos estudiantes, que en décadas anteriores se jugaron con sus protestas la libertad y en algún caso la vida.


La Movida fue un fenómeno nacional, pero, como diría Joaquín Sabina, pongamos que hablo de Madrid. Era la época del buen “rollo”, esa palabra que en principio hacía alusión a tener una buena experiencia con un “porro”, y más tarde se extendió a los buenos ambientes en esos locales de música en vivo con poca luz, inundados por una neblina de humo. La expresión más popular de aquellos años fue la música, que al espolear nuestras emociones nos ha dejado mayor cantidad de recuerdos, y todavía hoy nos hace vibrar cuando oímos algunas de aquellas canciones. Revistas como Madrid Me Mata o La Luna de Madrid, creadas al hilo de esa modernidad, fueron las portavoces “oficiales” de la Movida sobre una cultura (literatura, teatro, moda, tebeo, rock, pintura, fotografía o cine) que había surgido inspirada por el Madrid nocturno.

La atmósfera festiva que envolvió aquellos años incluso llegó a los despachos municipales. Enrique Tierno Galván, el mejor alcalde que hasta entonces había tenido Madrid (con permiso de Carlos III), no solo recuperó el carnaval, prohibido durante la dictadura, también fue el promotor de celebraciones como la Fiesta de la Primavera de la Universidad Autónoma de Madrid (donde yo cursaba estudios de Filosofía), y no regateó en gastos para las fiestas de la capital; se contrataban grupos de calidad, tanto de la Movida como extranjeros, también jazz, flamenco y ritmos alternativos. Música, juerga y transgresión fueron componentes importantes de aquellos años, el sexo parte de su expresión y el fúngico Candida albicans un colega más de la Movida. “Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad”, llegó a pronunciar el “viejo profesor”. Los garabatos y las pintadas políticas de antaño fueron sustituidos por grafitis, como los de Muelle, el más famoso de los grafiteros y primer representante de un tipo de arte urbano importado de Nueva York.
El aprendizaje de todo lo nuevo que surgía contribuyó al crecimiento y maduración de muchos, pero también a la destrucción de otros. Mientras algunos se perdían galopando en el caballo de la heroína, y el sida empezaba a causar estragos, otros sacábamos adelante nuestros estudios, ligábamos y nos divertíamos. Tuvimos mucha suerte. En mayor o menor medida todos nos vimos expuestos, por ignorancia, a formar parte de esa criba que se llevó por delante a muchos de nuestra generación, entre los que hubo algún amigo.

Por aquel entonces los compañeros de trabajo de mi hermana me rifaban para el fin de semana como canguro de sus niños, y cuando volvían a casa de sus cenas, cines y copas, la noche empezaba para mí.
Tenía dos pandillas. Una, formada por compañeros de la facultad, principalmente los que asistían al seminario de Tragedia Griega, que los jueves impartía el profesor de Antropología de la Universidad Autónoma, Tomás Pollán, en la ya desaparecida Chocolatería Madrid de la calle Barbieri. Disponíamos de un reservado, donde Jesús, el dueño, también ocupaba un sitio como oyente cuando la clientela se lo permitía. Desde allí nos íbamos con Tomás —que nos recitaba por las calles la Ilíada en griego— a por el bocata de calamares y a picotear en la taberna del Maragato o El Comunista, siguiendo por los bares (“qué lugares…”) de la Cava Baja que, como otros tantos, eran foros de creatividad, de noches largas y conversaciones infinitas. Sin olvidar aquellas tardes de los miércoles en el Manuela, ese café cosmopolita, diverso, alegre y céntrico, que también era del gusto de Heráclito, Kant y Freud, donde Agustín García Calvo conducía tertulias abiertas.

El otro grupo pertenecía a la biblioteca Ruiz Egea, donde solía ir a estudiar, formado por estudiantes de diferentes materias y edades, y algún ácrata autodidacta. A veces nos lo montábamos en casa de algún amigo suertudo ya independizado, por donde circulaba algún “porrillo”; bailábamos con los grupos de moda, cubata o botellín Mahou en mano, o cantábamos Cuervo ingenuo con Krahe y Sabina contra la permanencia en la OTAN. Éramos asiduos de la sala Clamores, que alternábamos con la marcha por el barrio de Malasaña (el Tupper, La Vía Láctea, el Penta…), por ese Madrid que no dormía, y alguna que otra vez amanecimos el domingo tomando café en el castizo bar La Bobia (donde arranca Laberinto de pasiones de Pedro Almodovar), lugar de cita de modernos, punks, mods, rockers... Desde allí, se imponía un garbeo por El Rastro que, además de los omnipresentes cachivaches, ofrecía abalorios, ropa y todo tipo de identificativos tribales; puestos de prendas, que ahora llamaríamos vintage, pertenecientes al esquilme que, seguramente, alguna hizo en el armario de su madre, con modelos y complementos de los años 50. También recuerdo a una viejecilla sentada en un sillón de orejas esperando comprador; o a ese poeta declamando sus octavillas, que vendía encuadernadas por él mismo con un cordel de cáñamo. El look de las tribus urbanas se mezclaba con el de las chaquetas de pana, y paseantes, pintores, escritores, bohemios, vendedores de “chocolate” y la policía formaban riadas de gente que llenaban la calle. Un hervidero bullicioso y variopinto llamado Madrid.

La Movida fue sobre todo un fenómeno urbano y popular espontáneo, un tren al que muchos nos subimos cuando ya llevaba algunos años en marcha que, según dicen los que la inauguraron, ya iba perdiendo fuelle. Aunque ya no es lo que era, la inercia de su ímpetu inicial se mantiene, y hoy en día sigue reflejado en cualquiera que tenga ganas de divertirse a despecho de coacciones, cortapisas y mojigaterías. Ese Madrid que nos mata aún sigue vivo.


















































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