Amores, diarios y mentiras



Por Juana Celestino



Marina trata de alcanzar su albornoz desde la ducha. Del primer intento no consigue descolgarlo de la percha que, al segundo tirón, cae al suelo con otras prendas. Con el pelo pegado a la cara y el cuerpo chorreando agua, abraza la ropa a bulto y la suelta sobre la lavadora. Al hacerlo, suena un golpe seco, rebusca, y tantea algo en el albornoz de Ramón. De uno de los bolsillos extrae un pequeño cuaderno negro de tapas duras, cerrado con una goma, que mira con la extrañeza de quien encuentra un objeto en un lugar insólito, fuera de su ambiente. Abre la libreta por la cinta que sobresale y lee:


Sábado 7 de enero. Lo malo es el horario que tiene, el café cierra tan tarde. Solo podemos disfrutar a nuestras anchas el día que libra. Una relación perfecta, como dice ella, sin responsabilidad, sin un futuro, en libertad. Y que dure el tiempo preciso. 
Domingo 8 de enero. El próximo sábado libra. A ver cómo me las ingenio esta vez para pasar todo el día fuera de casa. Con Jaime escayolado ya no puedo decir que voy de pesca; además, estoy harto de tener que pasar luego por el supermercado del Corte Inglés a comprar truchas que no he pescado. Pero ese día lo paso con ella, tan seguro como que me llamo Ramón.
Lunes 9 de enero. Esta mañana me ha llamado muy temprano al trabajo, se acababa de despertar, me dijo, y me echaba de menos. La frase sonaba como un eco en mi oído y no podía concentrarme en nada. Me he ido de la oficina con la bola de que Marina se había caído en la calle (pobrecilla) y tenía que recogerla en urgencias. Sin problema. He salido volando a su casa, donde ella me esperaba alegre y dispuesta. El resto de la jornada no se me ha ido de la mente, ¡qué picarona!
Martes 10 de enero. Después de comer he ido a verla. Mientras me tomaba un café en la barra la he visto trajinar por las mesas; hemos cruzado unas pocas palabras y algún guiño de complicidad. Ha sido suficiente para alegrarme el resto del día.
Miércoles 11 de enero. Llamaré a Marina al trabajo, le diré que me han regalado una entrada para un partido de baloncesto en cualquier lugar lo suficientemente lejos como para pasar la noche fuera, y el domingo vuelvo a comer para celebrar su cumpleaños. No sonará raro, sabe que me gusta el baloncesto. Además, soy un marido atento y cariñoso, a veces, incluso, dice que la agobio y me esquiva con cierta sonrisa. Pero siempre está ahí, eso es lo que importa. Que diferente a ella, tan expresiva y pizpireta. ¡Qué locura de mujer!
Jueves 12 de enero. Todo arreglado. Marina no ha puesto ninguna pega, incluso le ha parecido estupendo. Si no fuera por estas aventurillas seguro que lo nuestro no funcionaría tan bien. Es una mujer maravillosa, tan comprensiva, y no es de las que fiscaliza, nunca hace preguntas capciosas. De un tiempo a esta parte está como ausente, un tanto fría y huidiza. Serán cosas de la edad. Yo, sin embargo, creo que de las mujeres nunca me jubilaré. ¡Guerra hasta la muerte!
Viernes 13 de enero. Un ser exultante, ese soy yo. Solo puedo pensar en mañana, en el momento de ir a recogerla, en sentir sus brazos alrededor de mi cuello y dejarme besuquear con zalamería. No sé en qué sitio raro dijo que había reservado hotel; es igual, al mismísimo Polo Norte la seguiría con lo puesto, en albornoz.

El domingo de esa misma semana, Ramón vuelve a mediodía. Le extraña que Marina no esté en casa arreglándose para salir a comer. Suelta la bolsa de viaje, va a la cocina y abre una botella de cerveza. Se dirige al salón, en el pasillo se mira en el espejo, alza sonriente la botella y exclama, ¡salud!, da el primer sorbo y avanza tarareando en tono de barítono. Se arrellana en el sofá, pensativo y sonriente. De pronto sus ojos reparan en un cuadernito de color naranja y tapas flexibles que hay sobre la mesa de centro. Lo examina con aire distraído, lo abre y ve tan solo una página escrita.

Domingo 8 de enero
. De esta semana no pasa, pero no sé cómo hacerlo, ni en qué momento; quizá durante el fin de semana que tenemos más tiempo para hablar. Me da cosa, es tan cariñoso y complaciente conmigo... Ni tan siquiera discutimos.
Lunes 9 de enero. Esta relación ha dado un vuelco a mi existencia. Con Ramón, a pesar de su entusiasmo y atenciones, hace tiempo que me siento insatisfecha y algo decepcionada. Entre los dos hay una grieta, está claro, por donde él se ha colado en mi vida hasta el fondo. Reconozco mejor que nunca mis sentimientos. No hay vuelta atrás.
Martes 10 de enero. Pasaré por su casa después de comer, aprovecharé que Ramón últimamente sale a tomar café y a dar un paseo “para no engordar”, dice. La verdad es que la tripilla cincuentona, que llevaba camino de avanzado estado de gestación, le ha ido bajando desde hace un par de meses. Se le ve en forma. Me alegro por él, cuanto más sano está uno mejor encaja los golpes de la vida.
Miércoles 11 de enero. ¡Qué alivio! Ramón se marcha fuera todo el sábado a un partido de baloncesto. Perderle de vista, justo lo que necesito. Cada día que pasa estoy más segura. La resolución me da energía, incluso estoy impaciente por que llegue el domingo para hablarlo. Estos últimos días me he sentido algo culpable, pero ¿culpable de qué?, ¿de ser feliz? Sí, soy repugnantemente feliz.
Jueves 12 de enero. Enamorarme de nuevo es algo con lo que no había contado. Toda una sorpresa. Es como si me hubiera despertado una alarma, y al abrir los ojos verle a él, ahí, diciéndome: “Estaba esperando a que aparecieras en mi vida”.
Viernes 13 de enero. Ramón está entusiasmado con el partido de mañana; sabía que le gustaba el baloncesto, pero no con tanto fervor. Le compensará de otras carencias, la verdad es que últimamente le ignoro bastante, habla y apenas le presto atención. Cuando le diga que voy a abandonarle…
Sábado 14 de enero. Qué juguetona es la vida, se ha estado riendo de mí todos estos días. Tan preocupada por los sentimientos de Ramón, y él mismo me ha liberado de ese peso. Solo tenía que mirar en el bolsillo de su albornoz.


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