Sobre mi cuerpo



Por José María Ruiz


El hombre ilustrado.
Indeleble la tinta perfora la piel. A cada paso repercute el engranaje dando al presente un pasado. Tatuaje sin aguja. Acaso soy pasado que se hace presente, pues sobre mi cuerpo nace la escritura de pretéritos. Los más, minucias; los más, casuísticas; los menos, vanidades; los menos, veleidades…

Repentinos recuerdos que van marcando el devenir. Y en el caminar se reencuentran todos los días. Ahí queda el colegio de la niñez. A un paso lo tengo, desde el balcón de casa lo veo. Y observo que tiene otro nombre, la memoria histórica se posó sobre él, y hoy Jaime Vera ha venido a sustituir a Zumalacárregui. En mi libro de escolaridad queda impreso: Zumalacárregui. Eco y alcance de episodio nacional en la prosa de Benito Pérez Galdós. En Trafalgar me he quedado, quizá algún día retome la lectura correlativamente. Claro que en estos momentos la correlación la llevo a cabo con El Coyote… Todo se andará.

Deambulo a través del espacio y la iglesia de San Antonio se presenta a mis ojos y descubre el pensamiento que con el pecado me he topado. Sobre mi cuerpo lacerante, infantil en aquel entonces, irrumpió la confesión (la delación sobre uno mismo), donde te removían para imputarte un castigo. Obligatorio para hacer la Primera Comunión era asumir el acto de la confesión, y así marchar puro ante la ingestión de la hostia consagrada. No la muerdas, chúpala, que se deshaga en el paladar. Dos días antes del gran evento vino a recrearse el acto para que no hubiese equivocaciones. Una hostia de papel nos dieron, sobre la lengua cayó, y aunque a alguno se la retiraron… Sí, no fui de los elegidos, se formó una pelota de papel en la boca. El Cuerpo de Cristo nunca más traspasó mis labios, primera comunión y última. El pecado ha quedado instalado. No proceso, no existe el verbo “comulgar” sobre mi cuerpo. Falsa fue mi confesión, el clero me pidió mentir y les di complacencia Tres padrenuestros y tres avemarías fue mi penitencia. ¡Qué penita de Iglesia, toda llena de pecados!

No es más, no es menos, apenas un recuerdo te asalta. Salta la sandía de mis manos, al suelo se ha estampado. La culpa recae sobre uno. ¿Cómo hago para que no se note? Ya lo descubrirán, la poso sobre la nevera. Se nota que se ha roto. ¡Qué le voy a hacer! He sido yo, se me cayó. Las sandías me recuerdan aquella estampa. El sentimiento de culpa renace en mí ante tamaña fruta.

Columpio de pensamientos (recuerdos), aquí y allá, como El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, en cada pliegue de nuestro ser brota una historia: perforación craneal. Partido de fútbol en el patio del colegio (el referido Zumalacárregui), balón bombeado al corazón del área, un remate de cabeza se adivina, como “experto” delantero salto en pos del balón, el defensa adversario otro tanto efectúa. De tal encuentro sus dientes se hincaron en mi cabeza. Manó la sangre, no cesa. Marcada ha quedado la piel, quizá hasta el hueso. Cuerpo escalabrado.

Pinturas de guerra germinan en manifestación estudiantil, parada del tráfico frente al colegio (dichoso Zumalacárregui). Cinco minutos de insumisión. Profesores, padres y alumnos se contagian de revolucionaria democracia (recién nacida). No acierto a recordar el motivo de aquella protesta, sí la algarabía en medio de la calle. Fue pacífica, un pequeño caos automovilístico. Sin pancartas, con silbatos y aplausos. Únase el batiburrillo de cláxones. Todo un éxito.

¿Y el primer día de clase? A parvulitos me refiero (por supuesto en el Zumalacárregui). El abandono de la madre en edificio mayestático. La puerta se cierra. Adiós. No. Llanto. Desconsolado llanto. De rodillas en el suelo. Sollozo. Soledad acaecida.

Sobre mi cuerpo la fiebre de aquel dulce beso, apenas un roce en los labios, una suavidad divina. El amanecer de una sonrisa, un entusiasmo, un pálpito arrítmico. Sobre mi cuerpo la felicidad. ¡Y al fin, suspiro ante sus caricias!

Saltamontes de pensamientos bajo unas gotas de lluvia. Desnudo me viera ante un chaparrón, nada de paraguas, que el agua recorra mi ser. Del cielo toda caída, añádase algún relámpago y muchos truenos. Un espacio a la fantasía. Un espacio hacia la oscuridad en el verano abulense. Valle al pie de las montañas, piedra como pilar de las casas, arenosa la calzada, sin tendido eléctrico. Quedó la noche sumida en una nube, las estrellas se esfumaron, imposible otear la luna, ni siquiera se podía ver el terreno que pisabas, apenas vislumbrabas la mano a la altura de la cara. La nada se había hecho presente. Silencio absoluto.

Claro que no puede hablarse de vacaciones sin recurrir al mar. Olas de bienvenida, salada inmensidad. Y a las profundidades me llevó mi tío, y a las buenas me soltó de sus brazos. El instinto irrumpió en ilógico aprendizaje “natatorio”. Unos tragos de agua, unos estornudos y aquí quedo para contarlo.

Un puzle de nimios sucesos (soledad, instinto, culpa, pecado…) que al momento nos asaltan y sobrevienen. Así sobre mi cuerpo (sobre nuestros cuerpos) permanecen grabados, pues el tiempo —el tiempo que vivimos— es el espacio que media entre nuestros recuerdos.


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