Enredados


Por Juana Celestino

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Estamos tan unidos a la tecnología que nos resultaría imposible desligarla de nuestra vida. Si además se ha formado alrededor de las personas, como en las redes sociales, donde se pueden atisbar las líneas invisibles que nos unen con los otros, ya podemos decir que tecnología y vida están entremezcladas irremediablemente. Antiguos amigos, colegas, o compañeros de trabajo y estudio se han trasladado a la Red, que suple virtualmente su ausencia hasta el nuevo encuentro. Pero no son solo ellos sino otros muchos más, desconocidos hasta entonces, que nos saludan desde la otra punta del planeta y a los que podemos conectarnos tan solo unidos por una afición común. Incluso cualquier día nos puede sorprender el amor haciéndonos un guiño desde la pantalla de nuestro ordenador. Ni tan siquiera es necesario tener la intención de encontrar pareja, de ligar; sin pretenderlo, paseando tranquilamente por la Red, puede aparecer el travieso angelote Cupido haciendo de las suyas.


Vivimos expuestos a lo inesperado. Algunos ven en ello un problema que les puede paralizar ante acciones, quizás deseadas, pero impensables en su habitual modo de actuar, y prefieren la firmeza y la inmovilidad de lo previsible (aunque por mucho que quieran mantener el control habrá acontecimientos que se les impondrán de forma abrupta, quieran o no). Otros, en cambio, ven en lo novedoso no solo un estímulo sino también una oportunidad de cambio y evolución.
Las redes sociales son un territorio propicio para lo inesperado que puede aguardarnos a la vuelta de cualquier esquina virtual. Los medios son cada vez más sofisticados y la posibilidad de crear perfiles detallados, así como las publicaciones que, en cierto modo, nos definen, ha llevado el hechizo de rendir corazones al terreno de lo intangible.

El concepto de mundo virtual ya nos lo descubrió Platón hace más de dos mil años con el conocido como Mito de la caverna, donde la realidad no se nos presenta tal como es a través de nuestros sentidos, es una realidad inalcanzable desde el plano sensorial y solo podemos acceder a ella través de la razón.

En la actualidad, las sombras de la caverna platónica nacen de un dispositivo, de una pantalla, que nos ha llevado a una cultura de la simulación, de imágenes, y tiende a sobrevalorar la apariencia exterior considerada un bien superior, admirable. Podemos contactar de forma sencilla y satisfacer el deseo de cualquier tipo de estímulos, siendo el amoroso el más apetecible al ser el territorio por excelencia de todas las ilusiones.

La realidad virtual es una tentación para nuestra mente juguetona a la que le gusta el autoengaño, que nos enreda y seduce y nos lleva a ver lo que no existe, hasta el punto de involucrarnos en ilusionantes relaciones sentimentales. También es cierto que el amor, llamémoslo “presencial”, puede ser igualmente inventado al distorsionar la realidad y ver al otro como nos gustaría que fuese, pero a diferencia del virtual, en este las emociones son reales. En aquel todo es más expeditivo, y la intimidad, la confianza y la complicidad se pueden establecer con una rapidez asombrosa porque no existe el peligro al que nos exponemos en la realidad: estamos blindados por una pantalla. El tiempo que invertimos en una relación normal se reduce en la Red, que facilita la creación de mundos paralelos que se potencian e idealizan con imágenes retocadas, impactantes, que agrandan las sombras hasta perder conciencia de la realidad exterior. Pero es un mundo light, donde solo existe la imaginación, sin el lenguaje no verbal de los gestos, el movimiento o la voz: la química, en definitiva. Además carecemos del control sobre esas figuras que con el tiempo pueden ir perdiendo identidad haciéndonos caer un día en la cuenta de que estamos conectados a un fantasma.

Solo si tenemos la posibilidad o el valor de desvirtualizarnos y nos atrevemos a mirar al otro lado, daremos paso a lo inesperado, a una realidad, que puede presentarse dolorosa o decepcionante, en cuyo caso, cuanto antes lo sepamos mejor. Pero la vida es un promedio de aciertos y equivocaciones, por eso también puede ocurrir que el descubrimiento de lo real nos sorprenda gratamente, incluso nos haga tan felices que no necesitemos publicarlo en las redes sociales.











































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