El derecho a la memoria


 Por Marisa Díez


Para Víctor se trataba de una simple cuestión de dignidad. No hacía caso de proclamas políticas ni ideológicas. Lo único que pretendía era cumplir la promesa que le hizo a su abuela unos días antes de morir. Y dedicó todo su esfuerzo y su tiempo a tratar de devolverle, aunque ella ya no pudiera ser testigo, una pizca del orgullo y el honor que le robaron aquella madrugada fatídica del verano del 39.

Víctor había crecido creyendo que su abuelo era Matías, ese hombre de aspecto bonachón que pasaba las horas jugando con él y le contaba historias de final incierto que él escuchaba con la boca abierta y los ojos como platos. Jamás sospechó nada; sólo recordaba con claridad que, cada 22 de julio, la abuela Josefa se desplazaba al pueblo desde Madrid llevando con ella un ramo de rosas rojas. Después no regresaba allí en todo el año, hasta que volvía a caer aquella fecha en el calendario y de nuevo, sola, se montaba en el autobús con sus flores como único equipaje.


A su regreso, la abuela Josefa estaba siempre un poco triste. Mantenía la mirada perdida y se refugiaba en la lectura de unas cartas cuyo papel cada vez se mostraba más amarillento. El abuelo Matías solía ausentarse durante esos días de verano; visitaba a su familia de León o se inventaba cualquier excusa para pasar fuera de la casa familiar una breve temporada. Después volvía y no pasaba nada. Retomaban su rutina con tranquilidad y sin dar explicaciones. A Víctor todo esto le pareció siempre un tanto extraño, pero no fue consciente de la realidad hasta que una mañana, tras fallecer Matías, tuvo que acercarse al registro civil para certificar la defunción. Y entonces salió a la luz aquel secreto familiar durante tantos años escondido.

Las fechas no concordaban en el libro de familia. Su madre, Aurora, había nacido cuatro años antes de celebrarse la boda entre Josefa y Matías. Y entonces recordó, nítidamente, la vieja fotografía enmarcada que había presidido siempre la alcoba de casa de la abuela: un joven apuesto y vestido de soldado, de sonrisa clara y cuyos rasgos eran de extraordinario parecido a los de su propia madre. Después, sólo tuvo que atar cabos.

La abuela Josefa le contó la historia unos meses después, con extraordinaria lucidez. Pareciera que los hechos hubieran ocurrido la semana anterior por la cantidad de detalles que fue capaz de recordar al describir la escena:

“Se lo llevaron de madrugada. Vinieron cuatro hombres y me lo arrancaron de los brazos. Ni un último beso le permitieron darme. Después, sólo escuché una ráfaga de disparos que me helaron la sangre; yo diría que lo mataron en la misma tapia del cementerio. Por eso, cada aniversario, dejo un ramo de rosas en ese lugar. Siempre tuve la ilusión de pensar que su cuerpo estaba enterrado allí mismo, pero hasta que no me entreguen sus restos no podré descansar tranquila. Se trata sólo de una cuestión de dignidad, Víctor, hijo. Si yo me muero, tienes que hacerlo por mí y por tu abuelo. Él fue siempre un hombre justo. Se merece por fin poder descansar en paz”.

Desde entonces, Víctor no ceja en su lucha por encontrar los restos del abuelo Hilario, enfrentándose a veces a la incomprensión más absoluta y superando los obstáculos que, a cada paso, encuentra en el camino. Pero no deja de sentir que cada día está más cerca de conseguir por fin su objetivo. Y por eso, esta noche, se ha emocionado una vez más al escuchar de nuevo la letra de una canción de Víctor Manuel que ya ha hecho suya: “Cómo voy a olvidarme, ya sé que les estorba que se abran las cunetas, que se mire en las fosas y que se haga justicia, sobre todas las cosas, que los mal enterrados, ni mueren, ni reposan…”



2 comentarios:

  1. Ojalá Víctor consiga que descanse en paz parte de su vida. Es indignante la actitud de esta pandilla de duros de corazón y soberbios de alma que se niegan a desenterrar la verdad (Por cierto, la mayoría de ellos se definen como católicos... qué curioso)

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  2. Creo que lo que ellos piensan es que no hay que remover la historia pasada, pero supongo que hay que estar en el pellejo de personas como Víctor para entenderlo todo. Por dignidad.

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