El oficio de vivir y contar la vida

Jack Lemmon y Shirley MacLaine en El apartamento (1960), de Billy Wilder. 

 Por Juana Celestino


El género biográfico puede llegar a ser insustancial y de una absoluta banalidad si la persona que lo aborda construye con ligereza esas semblanzas de vida. La biografía es una forma de escritura que, tomando como referencia al individuo, intenta comprender su pasado a través de dos aspectos: el que traza la vida del personaje privado desde dentro, desde su intimidad, mostrando su proceso evolutivo o las reacciones de su carácter, y el que transcurre por sus líneas exteriores y alude a realidades públicas que el personaje vivió. Mediante la entrevista, como método de acceso a las fuentes para obtener la información necesaria, el biógrafo dará voz al entrevistado, que le desvelará una historia de vida en la que ambos aspectos irán entrelazados.


Si nos centramos en la primera vertiente del aspecto biográfico, el más personal, veremos que en toda historia que merece la pena ser contada el personaje llega a un punto, a un momento en su vida, en el que, tras muchas dudas o de forma determinante, decide seguirse a sí mismo y a nadie más, al margen de los resultados. La posibilidad de dar al menos un giro se presenta en todas las vidas, pues, sin darnos cuenta, podemos caer en la inercia existencial. También puede ocurrir que no seamos conscientes de que utilizamos nuestra existencia como un espacio de representación, un escenario, y cedemos a esa presión social competitiva de “ser alguien en la vida” -como si la nuestra fuera banal e insignificante desde el día que nacimos- presión que nos impide ser nosotros mismos y nos lleva por caminos equivocados distrayéndonos de nuestro objetivo y alejándonos de nuestra principal tarea: indagar sobre el significado de nuestro paso por este mundo.

En su novela Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato dice que la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse. La vida es breve, sí; somos los únicos seres vivos que tenemos la certeza de la muerte, una información que, si no rechazamos, es muy valiosa pues nos mantiene despiertos y nos hace conscientes de nuestra vida como única e irrepetible. Es cierto que para unos es más difícil que para otros, pero, en cualquier caso, el oficio de vivir es siempre laborioso y de nosotros dependerá que pueda transformarse en un arte si nos negamos a una existencia rutinaria e intrascendente, con capacidades por descubrir, sueños postergados y existencias amoldadas a lo que se espera de nosotros.

Al contrario de lo que pueda creerse, el aprendizaje de la vida no depende de los años cumplidos –aunque esto suponga cierta ventaja-, sino de un entrenamiento que deberíamos ejercer todos los días observándonos atentamente con la paciencia del artista que contempla su obra.
Alguna vez hemos oído la expresión genio y figura hasta la sepultura para referirse a una persona –generalmente ya de edad avanzada- que a lo largo de su vida no ha experimentado cambios o transformaciones de importancia, lo que se considera excepcional y fuente de íntima satisfacción en la persona aludida. Esta expresión popular es un ejemplo del estancamiento al que puede estar sometida la tarea vital.

Lo normal es que nuestra vida esté sujeta a cambios que alteren nuestra conducta y actitud ante los demás y ante nosotros mismos; si no somos capaces de ejercer una autocrítica honesta que nos permita remodelarnos y vivir la vida como lo que realmente es, una aventura en la que uno nunca termina de aprender y de transformarse, moriremos desconociéndonos.

Pero siempre estamos a tiempo de retocar nuestra obra si a medida que vamos envejeciendo comprobamos que hay demasiada distancia entre lo que deseábamos para nosotros y lo que ha resultado. El arrepentimiento y el sentimiento de culpa son las luces de alarma que nos alertarán sobre el rumbo erróneo de nuestra tarea.

Si no ignoramos esas señales y decidimos vivir de forma coherente con nosotros mismos, veremos que la vida cobra relieve y tiene sentido. Es en esos instantes cuando creamos nuestra propia historia, la auténtica, y cuando sabremos que nuestra vida merecerá la pena ser contada.









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