Zapatos, zapatillas y pies. Recuerdos de infancia, III

Foto: Pixabay


Por J. Teresa Padilla


Cuando era niña, en el parque de El Retiro, había un pequeño túnel levantado sobre un canalillo de agua nada profundo que desembocaba, creo recordar, en el estanque del Palacio de Cristal. Estaba diseñado para recorrerlo a pie, y con este fin se habían dispuesto a lo ancho unos tablones de poco más de un palmo, no completamente fijos ni inmóviles, entre los que se había dejado un espacio suficiente para que se colara, al menos, un pie infantil. Aquellos tablones se balanceaban ligeramente al pisarlos, y ni tan siquiera podías confiarlo todo a tu pericia, pues había más paseantes que, transitando en una u otra dirección, también los hacían moverse cuando menos te lo esperabas. Mis hermanos corrían sobre ellos pasándoselo en grande y acrecentando mi pánico, más que a introducir el pie en aquella miaja de agua, a la bronca de mi madre por haber mojado, y quién sabe si estropeado, los zapatos bonitos, los de los domingos.

Creemos que el tiempo es como el espacio, un continuo, pero quizá no haya dimensiones más diferentes entre sí que éstas. En realidad, ni siquiera lo creemos. Lo damos por supuesto, no lo hemos pensado ni sentido en serio. Por eso cuando leemos buenas novelas en que se narran vidas (y la vida es tiempo y nada más) jugando con los recuerdos y la quietud pétrea de los espacios, familiares o extraños, entramos en otra dimensión. La de los sueños y la ficción, es cierto, pero también la de una auténtica conciencia del tiempo que es nuestra propia existencia. Y entonces percibimos el pasado como lo que es, y no esa historia cronológicamente ordenada y llena de acontecimientos, unos recordados y otros olvidados, pero registrados en su lugar (una metáfora espacial, cómo no) y, en teoría, recuperables con la debida investigación y papeleo. El pasado no es un archivo. Es más bien un pasadizo oscuro en el que flotan, aquí y allá, esos tablones, más inestables que los de mi Retiro infantil, que son los recuerdos. Sin darte cuenta pisas uno de ellos, y parte de ti y de lo que viste o sentiste hace un millón de años te viene a la cabeza. Entonces puedes esforzarte por encontrar un hilo que lo vincule con otros momentos conservados en tu memoria y forme ese collar de perlas, más perfectas cuanto menos auténticas, que acaba en el presente y, no se sabe bien por qué, te gustaría que fuese tu pasado, tu vida. Puedes engañarte y convertir así tu existencia en una serie de nacaradas cuentas con unas coordenadas espacio-temporales claras, o puedes reconocer la brillantez de esas piedras de río sueltas y aisladas que encuentras mientras mantienes el equilibrio sobre tablones resbaladizos. Cuando comencé a escribir aquí mis recuerdos de infancia, opté por lo último: puede que no sea tan espectacular como un collar de perlas cultivadas, pero estas verdades dispersas, esos cantos pulidos anárquicos en su forma y color, siempre son, por mal que coticen en los mercados de piedras preciosas, más bellos. A mí me lo parecen. Y aunque nunca se escribe sólo para uno mismo, se escribe siempre también para uno mismo.

Empecé recordando a una niña de un curso superior al mío entrando en mi clase con unos zapatos escolares en la mano, y este recuerdo, nítido y doloroso, despertó el más amable de los paseos por el Retiro con los zapatos de los domingos; el de aquel túnel que me atraía tanto como repelía; el de la decepción en que sumía a mi madre mi supuesto maltrato a este complemento y su venganza: comprarme para el colegio una especie de “tanques” indestructibles que me hacían sentir como un militar de maniobras entre esas monadas de mocasines castellanos que lucían las demás. También el recuerdo de mi hermano en zapatillas de estar por casa cuando nos disponíamos a entrar en el taxi que nos llevaría a la parroquia donde hice la primera comunión; de las burlas de mis vecinos por no llevar las deportivas de marca conocida y respetable; de las rozaduras provocadas por aquellos zapatos baratos de “Los Guerrilleros”; de lo feos que me han parecido siempre los pies de hombre y los míos propios, con esos dedos largos que no quedan bien con ninguna sandalia; de la alegría de encontrar en la edad adulta a alguien que compartía conmigo ese miedo y horror por los pies desnudos. Ahora me arrepiento de no haberle enseñado nunca mis pies, a ver qué opinaba. Lo mismo estoy a tiempo, que no será difícil de localizar, pero quizá no se acuerde de aquello, del miedo que le daban los pies, y pocas cosas duelen como descubrir que lo que tú crees un recuerdo compartido no lo sea ya. Te sientes olvidada y sola, así que prefiero no contrastarlos nunca.

Todo este flujo de recuerdos ha terminado manando a partir de uno de esos cantos pulidos que te permiten un punto de apoyo desde el que adentrarte en el túnel del pasado: los zapatos de Sara. Sara era una niña nueva en el colegio, de pelo rizado y muy rubio, casi albino. Nos hicimos amigas. Ella era mi amiga. No tenía otra más cercana. Éramos pequeñas. ¿Siete u ocho años? Como mucho. Un día faltó a clase. A media mañana su hermana, varios años mayor pero igual de rubia y pálida que ella, entró en nuestra clase con todas sus cosas y se dirigió hacia la profesora para justificar la ausencia. Mi recuerdo, aquello de lo que en aquel momento no pude quitar los ojos, fueron los zapatos de Sara, que su hermana llevaba en la mano. ¿Dónde podía ir o estar alguien sin zapatos? Y descubrí el horror de la pérdida. No importó que la profesora explicara luego que había sufrido un atropello, pero que estaba bien. Ni la serenidad de su hermana, que corroboraba la levedad del accidente. Yo perdí a Sara ese día como si hubiera muerto porque una mañana no llegó ella a clase, sino sólo sus zapatos. La perdí para siempre. Estaba de paso. Supongo que para cuando se recuperó había cambiado de colegio. O puede que volviera durante un tiempo, hasta el fin de aquel curso, y yo, obsesionada con el descubrimiento de la hondura y rotundidad de la pérdida que me provocaron sus zapatos, fuera incapaz de verla como antes. Aún hoy he de reconocer que he olvidado su rostro, que sólo vislumbro a través del de su hermana, tan parecido al suyo.

Un recuerdo insignificante para todos excepto para mí. Tan vulgar como esos cantos pulidos que me gusta guardar y por los que jamás nadie pagaría. Pero determinante. Y es que no puedo ver un zapato sin dueño sin pensar en aquello, en el misterio terrible de la desaparición de quien lo calzó.

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