"Cuñaos"


Por J. Teresa Padilla

Así, con elisión de la “d” intervocálica, es como los conoceréis casi todos. Aunque ni esta grafía ni la acepción correspondiente del sustantivo correcto esté recogida aún en el diccionario de la RAE, al menos en la versión online, tal es el nombre que se da a la persona que dice saber de todo y, lo que es esencial, siempre más que tú, de manera que no desaprovecha la ocasión de recordártelo. O sea, un sujeto que deja tu autoestima por los suelos y al que a veces te dan ganas de entregar las llaves de tu vida para ver si es capaz, tanto que presume, de domarla y dejártela como los chorros del oro. Como suele pasar en castellano, el masculino asume el neutro y ni mucho menos puede considerarse a estos sujetos seres del sexo masculino. Hay cuñaos y cuñás. Muchas, muchísimas cuñás. De siempre, diría yo, aunque la eclosión, sobre todo virtual, de los últimos (fenómeno éste digno de una reflexión independiente), ha eclipsado a estas repelentes de toda la vida.

No sé cómo ha ocurrido, pero el caso es que los cuñaos han venido a sustituir a las suegras como parientes políticos más odiados. Odiar a lo mejor es muy fuerte. Los más incómodos (aquí me he quedado corta). Los más pesados y cargantes (sí, algo así). En mi caso sólo tengo un cuñado que, además, me pilla lejos porque es pariente político elevado al cuadrado (es decir, está casado, en lugar de con esa hermana que no tengo, con la cuñada que me ha caído en suerte, a la que de paso, y aprovechando que ni ella ni nadie cercano me lee, puede calificarse sin duda como cuñá). El único defecto que tiene el pobre de mi cuñado es ser un manitas y mucho más simpático que yo (es de procedencia onubense, frente a la mía, jienense, y ya dijo Muñoz Molina, jienense él mismo, que éramos con diferencia los menos andaluces –de acuerdo con el tópico- de los andaluces, o sea: sosos a más no poder). Estos rasgos suyos (de mi cuñado, no de Muñoz Molina, a quien no tengo el placer de conocer hasta este extremo) han hecho que ocupe un lugar de preferencia en los afectos de mi suegra en detrimento mío. No es culpa suya, en realidad, y, aunque lo fuera, ya la pena de sobra con lo que tiene en casa.


Las suegras han pasado de moda y lo que se lleva ahora son los cuñaos. No sé si es que las suegras han dejado de ser las que eran o, simplemente, se ha descubierto que, dado el servicio estratégico que prestan haciéndose cargo más o menos a menudo de sus nietos, se les pueden perdonar sus cosillas de suegra. A la mía no le he perdonado nada, pero hay gente para todo y, obviamente, mucho mejores personas que yo.

Pero me disperso, porque el objetivo de este artículo es la divulgación científica. Vulgarizo y aprovecho para mostraros los asuntos tan tontos en que se entretienen a veces nuestras veneradas ciencias, porque hay algunas que, vistas de cerca, resultan algo ridículas. No tanto ellas mismas como sus científicos y, sobre todo, los periodistas especializados que las ponen a nuestro corto alcance (que suele ser el suyo), los cuales, al mínimo enigma que se logra explicar en su campo, se vienen arriba para considerarse depositarios, potenciales o reales, de todas las respuestas posibles. Y así te encuentras a un físico discutiendo la validez de conceptos como el bien o el mal o a un matemático teorizando sobre formas de organización social. O sea: ejerciendo de cuñaos. Aparte de esta tendencia a la extrapolación de sus métodos a campos que les son completamente ajenos, también se da otra: la de hacer experimentos que nos confirman lo que el sentido común nos ha dicho siempre y con una certeza no mucho mayor (al fin y al cabo, ambos son hallazgos empíricos).

La cuestión es que el cuñaísmo tiene un nombre científico, el “efecto Dunning-Kruger”. Lanzádselo a la cara a los cuñaos de vuestra vida a ver qué pasa. Yo me asustaría si me llamaran “caso típico de Dunning-Kruger”, pues parece el nombre de un síndrome mortal, pero con los cuñaos nunca se sabe, aunque, bueno, tarde o temprano Google les informará y tranquilizará: es sólo un sesgo cognitivo. ¿Qué es un sesgo cognitivo? Pues no sé, en este caso algo así como una tendencia determinada a valorar la competencia cognoscitiva propia y ajena. David Dunning y Justin Kruger, los padres del efecto (o sea, sus causas –perdón por el chiste malo-), realizaron pruebas a estudiantes de su universidad (para qué ir más lejos), la de Cornell, con el fin de confirmar lo que les hacían sospechar otros estudios previos (y a nosotros la vida así, en general): que los más ignorantes o incompetentes tienden a sobreestimar sus capacidades y subestimar las ajenas mientras que, a la inversa, los más aptos tienen serias dudas sobre su propia valía. La sospecha se confirmó y aún más: cuando los ignorantes progresaban y ampliaban sus conocimientos y aptitudes, empezaban a valorarse en una medida más justa, pero también a perder su confianza anterior. Total: que lo mismo son más felices los tontos (hipótesis ésta que siempre nos ha rondado la cabeza y parecido más que plausible). Al parecer, Dunning y Kruger recibieron merecidamente el Ig Nobel por su trabajo en el año 2000 (el Ig Nobel viene a ser como los Razzie o anti-Óscars del cine, un premio que concede una revista de ¡humor científico!, Annals of Improbable Research, medio en broma, medio en serio).

El caso es que un nombre extranjero como éste nos facilita una posible arma defensiva contra nuestros cuñaos: mientras lo escriben en Google en una transcripción del inglés comprensible hasta para su algoritmo mágico y, mejor aún, leen la wiki y entienden de lo que se trata, lo mismo se puede salvar una velada familiar. Luego diréis que mis entradas no son útiles. De nada.

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