El misterio de la zanja



Por J. Teresa Padilla


Mucho hemos escrito en este blog sobre la infancia, esa época de la vida tan fascinante, entre otras muchas cosas, porque no recordamos sus primeras fases y éstas se convierten así en una parte de nosotros mismos que nos parece haber perdido para siempre: ese niño pequeño que aprendió a hablar, andar y controlar sus esfínteres es un completo extraño que, sin embargo, fuimos (eso dice la lógica, que no el corazón). Creemos en su existencia porque no tenemos motivos para dudar, porque vemos a otros niños que crecen y desaparecen en un monstruoso adolescente, primero, y en un adulto más o menos aceptable, después. En cualquier caso, es un conocimiento indirecto: no hemos experimentado en carne propia la certeza de esta evolución. Si digo lo que pienso con claridad pensaréis que he perdido la cabeza, así que mejor me callo la desconfianza que me invade cuando me enseñan fotografías de la bebé rolliza y sonriente que me aseguran fui. ¡Qué rica!, pienso. Exactamente lo mismo que ante cualquier otro bebé, al natural o en foto.

Pero hay otra edad fascinante de la que apenas me he ocupado y es la vejez. Si el niño es el extraño que fuimos, el anciano es el que seremos. Desde luego lo será (un completo extraño) si tenemos la desgracia de sufrir algún trastorno mental degenerativo, pero no sólo en ese caso. También ese anciano lúcido y sano en el que todos desearíamos convertirnos será muy distinto de nosotros mismos. Otro. Como el bebé mofletudo que mira todo a su alrededor sin entender muy bien lo que ve (en esto, seguimos igual), pero convencido de que le encontrará un sentido (esto ya…).


Nosotros mismos. ¿Quién es este “nosotros mismos” que tan seguro está de sí y que dudaría, en el caso de que lo hubiera pensado alguna vez (solemos ser personajes demasiado serios y ocupados para dedicarnos a estas reflexiones), de haber sido o de llegar a ser alguno de estos especímenes desdentados, incontinentes y dependientes que llamamos niños y ancianos? Después de una detenida reflexión de cinco minutos, he llegado a la conclusión de que esa identidad a la que nos aferramos y en la que nos desespera no poder englobar a ese niño pequeño y al abuelo cansino, no es más que la que nos otorgan los dientes, el control de nuestros esfínteres y nuestra, al menos teórica, independencia. Cada uno luego es un mundo de experiencias vitales distinto a los otros. Con un temperamento, una educación, una cultura… Lo que queráis. Pero el punto de apoyo que sustenta este mundo de la identidad personal adulta es la confianza en nuestros dientes y esfínteres. ¿Quién no ha tenido la pesadilla de que empezaban a movérsele y caer dientes y muelas? Yo, muchas veces, y hasta ahora no había caído en su significado: anticipar mi metamorfosis en una anciana, primero, y en una muerta, después. O sea: dos entidades en las que te niegas a reconocerte. ¿Y la enfermedad grave? Es como la pesadilla de los dientes, pero despierto: una pierde, de un día para otro, la confianza que hasta ese momento tenía en su cuerpo, dando por supuesto que una pierna seguiría a otra pierna sin necesidad de supervisión consciente o que en caso de infección el cuerpo sabría lo que se hace y no se iba a colapsar por un simple resfriado. Tu hasta entonces aliado se convierte en enemigo. No le reconoces.

Igual que no reconoces ni te identificas ya con tu cuerpo enfermo, no reconoces al anciano que quizás no llegues nunca a ser. Andan despacio, piensan despacio. A menudo tienen problemas de incontinencia. Les cuesta agacharse, no digamos levantarse si se han caído. Suelen hablar alto y obligarte a gritarles de lo sordos que están y de lo tacaños que son a la hora de cambiar la pila a los audífonos. De la vista, mejor no hablamos, aunque para eso se inventaron, supongo, las lupas. Sus opiniones son cerriles: no hay forma de sacarles de ningún error o de llevarles a ninguna verdad nueva. Nadie sabe mejor que ellos cómo deben hacerse las cosas. En especial, las zanjas.

A veces me digo que es bastante improbable que llegue a edades tan avanzadas y esa idea me consuela, porque la vejez puede en demasiados casos ser una etapa penosa y cruel. Otras, sin embargo, me parece que de esa crueldad no se va a librar casi nadie, le toque cuando le toque, y que de no llegar a vieja me perdería la revelación de muchos misterios. Uno fundamental es el de las zanjas.

Es un misterio que, al parecer, sólo despierta el interés de los ancianos varones (las mujeres presentan aficiones más diversificadas, o eso espero, porque si tomo como modelo a mi vecina, se dedican a ver los programas de cotilleo vespertinos a toda pastilla). Pero ahí están. No hay zanja en actividad que no congregue en torno suyo a un buen número de ancianos. El número dependerá del nivel de envejecimiento concreto que presente la zona en cuestión y, por supuesto, del tamaño (horizontal o vertical) de la zanja. No suelen hacer comentarios, como no sea entre ellos y en susurros (para lo que suele ser su volumen habitual), pero tampoco debe ser cómodo para los que trabajan dentro saberse observados sin descanso. A veces parece que disfrutan viendo trabajar a otros mientras ellos ya están de vuelta de tales fatigas. Probablemente pequemos de malpensados y simplemente añoren sus días laborales contemplando los de los demás, aunque alguno seguro que tendría un trabajo de oficina que no se entiende cómo pueden recordar las paladas de los sufridos albañiles. O quizás…

Lo que hipnotiza a los ancianos en las zanjas en construcción es un misterio. No creo que ni siquiera ellos conozcan el motivo de esta fascinación. De niños nos seducen las luces titiladoras y de viejos las zanjas cada vez más profundas. De niños miramos sobre todo hacia arriba (tamaño obliga) y cuando envejecemos hacia abajo. ¿Por temor a tropezar? -lo que al niño no le importa-. Vale, sí, pero la zanja… ¡Cuánto se parece a una sepultura!

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