Lobo. Recuerdos de infancia, II

Por J. Teresa Padilla


No se llamaba Lobo. Nunca supe su nombre. Pero daba el tipo. Cuando yo era niña los nombres de perro eran muy limitados. El color era decisivo (Canelos, Moros…). El tamaño menos, aunque si superaba la media y se combinaba con un manto pardo, las posibilidades de llamarse Lobo se incrementaban mucho.

Cuando los niños no estábamos, Lobo deambulaba por nuestro lugar de recreo como un celoso guardián. Era éste un espacio que entonces me parecía muy grande, con el suelo de tierra y algunos juegos (un tobogán, un columpio…). Me parecía grande porque, en realidad, lo era. En aquel primer “cole” mío en el que cursé lo que entonces se llamaba preescolar o parvulitos, era prácticamente la misma la superficie dedicada a las clases que la destinada a jugar al aire libre. Y puede que el tiempo asignado a una y otra actividad también estuviera igual de equilibrado.

Personalmente, no recuerdo nada de las aulas. Nada salvo el aspecto que presentaban vistas desde fuera, desde el recreo: unos enormes ventanales tras los que se adivinaban las diminutas mesas y sillas. Ni siquiera me acuerdo de las monjas, aunque al menos sor Inés sí me recordó siempre y me paraba para sonreírme y acariciarme la cara cuando nos encontrábamos por el barrio mucho tiempo después. Sí, guardo en mi cabeza (o en mi corazón, no sé) una imagen borrosa y muy bonita de sor Inés, pero pertenece ya a la adolescencia.


Un día instalaron en el recreo un enorme laberinto de hierros coloreados que se retorcían y entremezclaban formando una esfera que, en mi memoria, superaba en altura a cualquier hombre adulto. Semejante coloso pedía a gritos ser conquistado y, aunque de natural era y soy miedosa, me uní a la turba de compañeros en su escalada. Ascendí a lo más alto y, como me suele pasar, caí. Nada sorprendente: desde niña he sido muy torpe (mi padre bromeaba a mi costa atribuyendo indeciso la razón a unos pies demasiado planos o a un culo demasiado gordo) y mi historial está repleto de accidentes de este tipo. Son tantos que sólo puedo recordar dos o tres, memorables por diferentes motivos, y esta caída es uno de ellos.

Salí milagrosamente ilesa, pero me asusté de verdad, y creo que fue en aquel momento cuando descubrí el miedo físico. También sobrevivió el dichoso artilugio, aunque en mi cabeza está asociado de una manera confusa a prohibiciones y obreros. Supongo que comprobarían que la instalación y el aparato eran seguros y me declararían culpable de ineptitud física.

El arenal que usábamos de recreo, aquella estructura planetaria por la que nunca más osé escalar y Lobo (bueno, Lobo y quizás el jardinero que lo cuidaba). Sólo esto queda de mi primera experiencia escolar. ¿Poco? Para mí no. Lobo fue mi primer amor, puede que el más intenso. Nunca se repitió, ningún chico pudo dar la talla. Mucho más tarde tuve mis propios perros, pero tampoco fue igual: Nela, Tula  y Chata eran mis niñas, yo las elegí y crié. No les dejé otra opción que quererme. Lobo, sin embargo, no me pertenecía ni me necesitaba, pero se fijó en mí y me regaló su afecto.

Como tiempo después pasaría en el colegio de verdad (aquel nido de serpientes tan distinto a este paraíso que habitaba Lobo), en el que algunas de mis compañeras se comunicaban a través de la alambrada con sus “novietes” durante el recreo, entre Lobo y yo también había una red metálica que sólo nos permitía rozarnos. Yo introducía mis deditos y sentía en ellos el aire expirado por su nariz, que se humedecía al instante y me mojaba. Ese mínimo contacto, con el que desobedecía las estrictas normas higiénicas que imperaban en mi familia, me hacía feliz y sonreía. Lobo se daba cuenta y movía su rabo largo y poblado de un lado al otro, como conteniéndose, porque Lobo era un perro serio que sólo con el jardinero se permitía alguna que otra licencia de cachorro.

En cuanto salíamos al recreo yo corría a la verja que nos separaba a nosotros, los niños, de él. Entonces me miraba desde lejos y, si el jardinero estaba dentro ocupado con sus aperos, levantaba la cabeza en su dirección para pedirle permiso. Aquel viejo y callado jardinero nos sonreía a los dos y, a esa señal, Lobo se acercaba, a un paso discreto y majestuoso, a donde yo le esperaba. Al llegar pasaba su lomo de pelo largo y dorado por la alambrada, inclinándose un poco y poniéndolo al alcance de mis dedos, y luego introducía lo poco que cabía de su morro por alguno de los hexágonos que la formaban. Ése era el momento que aprovechaba para tocarlo y, cuando nadie me veía, para acercar mi boca y besarle. Otra norma infringida. Otra gozosa sensación de liberación.

“Es una niña tranquila y buena, aunque con cierta dificultad para relacionarse con los demás”. Éstas u otras palabras parecidas se pudieron leer año tras año en el apartado “Observaciones” de mis notas escolares. Y entonces ya no estaba Lobo, aunque puede que todo empezara con él. Me acostumbró mal. Me lo puso muy fácil. Entenderse con los demás niños no era tan sencillo. No hablemos ya de los adultos. Me acostumbró mal y su pérdida dejó un vacío enorme que tardé mucho tiempo en poder llenar y a un alto precio.

Porque Lobo y yo nos separamos, como era de esperar aunque jamás se me ocurriera semejante posibilidad. Él se quedó con el jardinero y yo me marché al colegio “de verdad”. A veces pasaba con mi madre cerca de aquel patio de recreo en que fui tan feliz y estiraba el cuello en su búsqueda. En alguna ocasión conseguí distinguirlo de lejos. Pero los años pasaron y aquel perro que al oscurecer vigilaba el recreo terminó siendo otro.

Quien dijo que había que temer a los lobos puede que tuviera razón, pero dudo que supiera lo que estaba realmente diciendo. Cuídate de amar a un lobo, sería más exacto: dará unas vueltas sobre sí mismo para tumbarse hecho un ovillo en tu corazón y no se moverá de allí jamás.

0 comentarios:

Publicar un comentario