Perdido. Recuerdos de infancia, I

Por J. Teresa Padilla

Foto: Pixabay





Dime cómo eres. La pregunta se las trae. Intento describir a la niña que soy (sí, todavía lo soy, ésa es mi victoria sobre el mundo) y no sé dónde colocarme para poderlo hacer. Hay que elegir muy bien el lugar y ángulo desde el que se mira, especialmente cuando se trata de personas; eso lo saben muy bien los fotógrafos. Pero cuando se trata de un autorretrato… Cuando se trata de un autorretrato lo mejor quizá sea mirarse de reojo. Intentar pillarse desprevenida. Lo tengo comprobado: ésta es la única forma que tengo de ser más o menos sincera, de poder mirarme a los ojos sin desviar la vista o poner caras.

Así que, aunque puedo imaginarme bien mis ojos abiertos de asombro, mis risas o mi parloteo (por las fotografías que conservo y, sobre todo, por haberlos reconocido muchas veces en mis hijos), no quiero hacer un relato de ficción, o tan ficticio. A lo mejor termino por no poder hacer otra cosa, pero voy a intentar ponerme en su lugar, en ése que fue mi lugar, y trasladar sólo recuerdos, recuerdos de sensaciones, ciegos de imágenes de mí misma.

Esto es, pues, un experimento. Intentar escribir desde la niña que fui (y, repito, sigo siendo). Esta niña no se podía defender ni presentar en su día. Carecía de muchas palabras. Como todas. Porque no era una niña especial (o, mejor dicho, era tan especial como cualquier otra). No era una niña precoz en nada y, además, era tímida. El resultado es un mundo lleno de voces y ruidos ajenos en el que no me oigo (o no lo suficiente para recordarlo hoy). Ni me oigo ni me veo, pero ahí estoy. A ver cómo se cuenta esto. En varios capítulos. Éste será el primero.


Los niños se pierden en la realidad como en los cuentos. Decía Umbral en Mortal y rosa que quizá el sentido de los cuentos infantiles sea recordarnos que “la niñez está perpetuamente amenazada, destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado, adulto y oscuro”. Un destino que se podía burlar, por otra parte. Sin embargo, mi afirmación era mucho más prosaica. A veces los barrios, tan familiares y transitados, casi a cualquier hora, por rostros conocidos, pasan a convertirse de un instante a otro en bosques impenetrables y oscuros. Los de los cuentos (qué otros bosques podían ser los míos, niña de ciudad sin pueblo) son personajes casi animados que podrían ser amables y acogedores si no fuera porque la tradición los coloca, como a los lobos, entre los malos. Está claro que estas historias se escribieron cuando los niños vivían rodeados de lobos y espesas arboledas en las que podían muy bien perderse y morir de frío antes de ser encontrados (lo de ser comidos por lobos ya no me resulta tan creíble). Lejos del poético significado que veía en ellos Umbral, su propósito parece aburridamente pedagógico. Ni mis hermanos ni yo hubiéramos podido perdernos nunca en un bosque, y aún así mi hermano mediano (pequeño en aquel entonces, cuando sólo estábamos nosotros dos) desapareció de una acera. Y desde ese momento lo que era un paisaje familiar se convirtió en un territorio hostil.

Para cuando mi hermano se perdió apenas sabía yo de cuentos y, desde luego, nunca se me hubiera ocurrido que cupiera la posibilidad de desaparecer misteriosamente a una manzana de casa. No se me había ocurrido porque me sentía constantemente vigilada y porque, como los cervatillos recién nacidos en la sabana, de siempre he cifrado mi salvación en quedarme quieta allí donde intuyo peligro. Un instinto que temo me define: pertenezco a la especie de las potenciales presas y no a la de los depredadores. Como mi hermano entonces. Nunca se me hubiera ocurrido, pero sucedió.

Una tarde mi madre entró en la mercería de Cuqui. Cuando no estaba cocinando o dejando la casa como los chorros del oro (mi madre era una auténtica obsesa de la limpieza), cosía. Cosía y cosía, por necesidad y economía pero también por placer: puedo jurar que es la única cosa de la que la he visto en mi vida disfrutar. Entró un momento en la mercería para comprar cualquier minucia y, aunque nunca lo hacía (a mí me encantaban aquellas cajas llenas de botones, los carretes de hilo, los alfileres con cabeza de color que mi madre nunca compraba), nos dejó a mi hermano y a mí en la puerta, advirtiéndonos que la esperáramos un momento y, a mí especialmente, que le vigilara y cuidara. Para ser sincera no recuerdo en absoluto la versión original y primera de este discurso, pero mi madre me lo estuvo repitiendo sin cesar todo el tiempo que duró la desaparición y, claro, se me quedó grabado. El contenido y la forma.

Antes de que me echéis a los lobos (nunca mejor dicho), debo decir en mi descargo que mi hermano y yo nos llevábamos (y llevamos) diez meses y medio, y que yo no había cumplido los cuatro años (diría que no tenía ni tres) en aquel momento. La certeza sobre mi edad procede de que ese desastre natural que tengo por hermano pequeño no aparece en ninguna de las secuencias de esta historia y la única explicación de esta ausencia, teniendo en cuenta su peculiar idiosincrasia innata (ya nació con el aspecto del que vuelve de una guerra y está preparado para librar la ristra de interminables batallas que la vida recién estrenada le depara), es, simplemente, que no habitaba aún en esta bendita tierra.

En fin. Mi madre salió de la mercería y allí estaba yo, entretenida con cualquier cosa, pero no mi hermano. Nervios, gritos… Preguntas que no sabía contestar, zarandeos y seguramente algún azote. No lo sé. Quizá no me tocó. Yo recuerdo que me sentía culpable, porque lo único claro en aquella confusión a la que se fueron añadiendo tenderos y vecinos es que había hecho algo mal, algo que no sabía muy bien qué era pero sí que había provocado la desaparición de mi hermano.

Empezaba a oscurecer y el miedo aumentaba y se asemejaba cada vez más al de los bosques de los cuentos. Y, así, huyendo de la oscuridad y sus misteriosas amenazas, volvimos mi madre y yo a casa, empujadas casi por los vecinos que nos prometían recorrer el barrio en su búsqueda.

No sé cuánto duró la angustia ni el tiempo que permanecimos las dos, con otras vecinas, en el rellano de la escalera sin atrevernos a entrar en casa. Afortunadamente un vecino le trajo de la mano sano y salvo. Al parecer una señora le había confundido con otro niño que conocía y, creyéndole a su vez perdido, lo había acercado a la que imaginaba su casa. Cuando descubrió su error no tuvo el valor de reconocerlo y enfrentarse a unos padres que supondría iracundos, y lo dejó allí. Cómo se enteró de todo esto mi vecino no está claro, aunque puedo imaginármelo (nada en el barrio se les escapaba). Lo importante para mí fue que la aparición de este personaje consiguió que mi madre se olvidara momentáneamente de mis responsabilidades y culpas para desearle a aquella desconocida todos los males de la tierra. Casi me daba pena. Yo misma había aprendido ese día lo difícil que es para muchos adultos asumir la responsabilidad de los propios errores. La cobardía de aquella mujer había puesto en peligro a un niño. La de mi madre la había llevado a intentar exculparse ante sí misma acusando a otro, a mí. Pero yo no entendí nada de esto entonces. Lo que entonces descubrí es que mi pequeño mundo se había convertido en un lugar peligroso en el que merodeaban malas mujeres que se llevaban a los niños y los abandonaban por ahí a su suerte. Pero sobre todo que estaba sola y probablemente era culpable, a saber de qué. Ya me lo recordaría a la próxima ocasión mi madre, que me siguió cuidando y queriendo pero nunca se disculpó (en aquella época era inconcebible). Y así fue, en efecto. Ese día marcó para siempre nuestra relación.

Un niño se pierde unas horas y es felizmente encontrado. Y bajo ese alegre titular el mundo entero se vuelve oscuro, feo y temible.

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