El misterio de la niñez

Por J. Teresa Padilla
 

 
The walk to paradise garden. W. Eugene Smith (1946)

“No hay un relato dentro de mí y no sé cómo pasa el tiempo” (I. Kertész. La última posada).

Supongamos que la vida es un relato. O, como leemos en Kertész, que la vida necesita del relato para entenderse, para percatarse del paso de su tiempo. O sea, que el relato es la conciencia de la vida, que sin él sería, si llevamos el razonamiento hasta el final, inconsciente. Para algunos seres sensatos, pragmáticos, aburridos, y pese a todo humanos (lejos de mi intención negarles la pertenencia a la especie humana), es mucho suponer. En realidad, es algo incomprensible, si no directamente falso: ellos no tienen tiempo para cuentos y ahí están, tan “pichis”, ciudadanos plenamente conscientes de sus identidades, derechos, obligaciones y demás.

Ignorémoslos. Suena fuerte, injusto y casi cruel, pero recordemos que son ellos los que, en el mejor de los casos, nos ignoran (en el peor, directamente se mofan de nosotros). Hablo por mí y, sin su permiso, por otros muchos que espero sean, por mi bien (cuantos más seamos menos patológico será nuestro caso), como yo. Véase: nada razonables, aunque nos esforcemos en ser racionales, demasiado despistados para ser prácticos y bastante ridículos y, por tanto, divertidos. Defectos todos ellos achacables a la lentitud. Pues la necesidad de contarnos lo que nos está pasando para saber de verdad lo que es, retrasa cualquier reacción, que casi siempre llega tarde y a destiempo. De ahí nuestra, inmerecida en realidad, fama de tontos o “pasmaos”. De ahí, también, nuestras remotas posibilidades de éxito en un mundo que confunde la velocidad mental con la inteligencia. Malos tiempos para la lírica, cantaban Golpes bajos, y para la reflexión, añadiría yo.


Pero no nos hagamos mala sangre. Supongamos, pues, que la vida es un relato. No sé si otros periodos de la misma pueden serlo, que lo dudo, pero desde luego la niñez no es un relato convencional. Ya sabéis, uno con introducción, nudo y desenlace. Un potencial bestseller al uso, vaya. Y si no, prueba a contártela. Pero de verdad. Aquí no valen trampas. No me vengas con lo que tus padres, abuelos y demás familia te han contado siempre, por muy atractiva que sea esa infancia que te ofrecen (que lo suele ser, porque te quieren y se nota). Uno se tiene que contar su vida a partir de la fuente primaria, o sea, uno mismo. Ésas son las reglas del relato verídico. En este caso, puesto que se trata de una época supuestamente pasada, partiendo de los recuerdos propios.

Retroceded todo lo que podáis. O mucho me equivoco o los primeros recuerdos son escenas breves cronológicamente desordenadas, muchas de las cuales nadie te puede confirmar y, por tanto, resultan indiscernibles de las fantasías. Eso te dice en algunos casos la cabeza (ese adulto sensato, pragmático, aburrido, y pese a todo humano, que también tú eres), que puede que fueran sueños o imaginaciones, aunque nada consigue librarte en realidad de la convicción secreta de su autenticidad. Conforme nos acercamos a la adolescencia se hacen más numerosos y llegan incluso a constituir entre ellos relatos más o menos largos, pequeñas historietas, pero no mucho más.

Y, sin embargo, hay un relato unificado de la niñez, nos lo hayamos contado o no, porque, aunque lo olvidemos o incluso haya momentos de la vida en que lo demos por muerto (o sea, pasado), de improviso reconocemos en nosotros mismos a su protagonista. Sí, ese niño es un personaje demasiado consistente para un relato puramente fragmentario.

Me parece que esa unidad que enlaza todos esos recuerdos inconexos, entre sí y con los eventuales microrrelatos que puedan existir, viene dada por un tono, una atmósfera, un estado de ánimo… No sé bien cómo llamarlo o describirlo: algo que es propio de cada infancia, exclusivo del niño que fuimos. Ése que sólo conocimos nosotros, cuya historia nadie puede contarnos. El que nos asalta a veces como un ladrón por la noche, y nos desahucia de nosotros mismos, del adulto que creemos ser. Porque para nuestra estupefacción, pero también alegría, descubrimos que ese relato tan mal hilvanado, pero hilvanado al fin y al cabo, carece de desenlace. Y así debe ser si no se lo quiere perder en el olvido: retener el recuerdo (el relato) de la infancia es seguir siendo ese niño. Morir siéndolo. Y es curioso (y dejo el tema para otra ocasión), pero quienes por edad o enfermedad no pueden ya recordarlo, directamente vuelven a serlo.

Contarse la infancia puede ser, por ello, muy complicado o mágicamente sencillo, todo depende de quién asuma el papel de narrador. El adulto, ese personaje público que puede acreditar con documentos legales su identidad ante la autoridad pertinente, o bien desistirá, o bien se montará lo que comúnmente se llama una película (hacedme caso: ¡desconfiad de los relatos acabados y sospechosamente coherentes!). Pero si persiste en el empeño de encontrarse en ese relato, si se esfuerza de verdad, por muy torpe que sea descubrirá tarde o temprano que una sombra le persigue y termina adueñándose de lo que cuenta. Y esa sombra es él. El niño. Y no puede ignorarle. Ni querrá.

Puede que este niño no tenga la vitalidad suficiente para contarnos toda la historia. Quizás sólo destelle en breves escenas, únicamente nos ofrezca un instante de lo que fue nuestra infancia, pero es un instante que reconocemos sin lugar a dudas como verdadero, como auténtico, como nuestro. Nos reconocemos a nosotros mismos y (si esto no es un misterio que alguien me diga qué lo es) otros también se reencuentran con su propia niñez en la nuestra. Porque cuando uno es capaz de contar su infancia así (de dejar que el niño se la cuente), por parcialmente que sea, consigue que otros también reconozcan en ese relato parte de la suya, por enormes que sean en otro respecto las diferencias. El niño (o niña) que cada uno somos es uno y único, insustituible, y a la vez, universal. Éste es el misterio de la niñez, un misterio que la literatura nos recuerda constantemente mientras casi todo lo demás parece confabularse para ocultarlo y “matar al niño”.

Te reconoces en los críos de El camino (Delibes) aunque hayas sido una niña de ciudad que ni sospechaba la cantidad de estrellas que son visibles en campo abierto. Entiendes muy bien los miedos y secretos de David, esa pátina de sueño o pesadilla que tiene su infancia (Llámalo sueño de Henry Roth)… ¡Qué sé yo! Hasta el abandono de Oliver Twist, que ya es decir el tiempo y el espacio que nos separan de él, no nos es ajeno.

Cuéntate tu infancia o escucha el relato de los que te narran la suya (aunque sea a través de personajes de ficción). De una forma u otra revivirás al niño que anida en ti y te ha dado siempre la fuerza necesaria para seguir siendo tú mismo en este mundo que te invita, desde la propia infancia, a no diferenciarte mucho de los demás, a negarte. A negarle a él. Claro que éste, el de los “asesinos de niños” (y pienso, sí, en la escuela) es otro tema… Ya os escribiré el relato.

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