La punta del iceberg

Foto: Pixabay


Por J. Teresa Padilla


Recordar no siempre es un ejercicio agradable. Y no necesariamente porque ese pasado que se nos anima a reconstruir esté plagado de acontecimientos dolorosos o vergonzantes. Muchas veces lo que ocurre es sólo que ante la perspectiva de recuperar partes de nuestra vida ya transcurridas que quedaron atrás para siempre, nos invade una nostalgia triste por lo perdido sin remedio.

Puede sonar inmadura esta rebelión contra el hecho de que la vida no puede seguir y renovarse sin perderse, sin que no sirva en absoluto de consuelo conservar en la memoria algo de lo que ha dejado de ser o incluso ser capaz de reconstruir una historia a partir de los recuerdos fragmentarios. Porque en el fondo siempre será otra distinta de la que vivimos, y, aunque al revivirla podamos incluso entenderla mejor que en su momento, ya no es la nuestra, ya no la protagonizamos. Su protagonista ni siquiera es aquel que fuimos, sino casi siempre el que ahora somos en el intento, a veces desesperado, de identificarse con él, de encarnarlo como un actor su personaje.

En parte seguimos siendo aquel niño que, arrastrando las palmas de las manos sobre la tierra, trazaba circuitos en los que hacer correr las chapas de los refrescos. Pero sólo en parte: algo que él también era ya no está, se perdió, murió. Y aunque hay quien asume esta muerte parcial de uno mismo con naturalidad, como ley de vida, de la misma forma que acepta con resignación el fallecimiento de sus mayores, por queridos que fueran, y les intenta mantener con la vida ajena que les presta el recuerdo, también los hay que se protegen del dolor de las pérdidas con el olvido.

A este tipo de personas no les interesan las biografías. Afirmarán que en su vida no hay nada digno de ser contado, que es como cualquier otra. Lo dicen con tanto convencimiento que estarían a punto de conseguir que nos lo creyéramos si no hubiéramos pensado en alguna ocasión también lo mismo que ellos. Porque cuando se opta por el olvido (como ellos, como nosotros en alguna ocasión), nuestro presente, nuestra vida, queda, por decirlo así, suspendida en el aire, flotando sin raíces, pero también sin rumbo. No sólo se desvincula de ese pasado que no se quiere recordar, sino también del futuro, y por eso podemos hablar de ella en esos términos, como si ya estuviera hecha, acabada, y ya no nos interesara demasiado.

Sin embargo, por más que nos esforcemos en no recordar, el olvido nunca será completo. Fragmentos de ese pasado emergerán como puntas de un iceberg, muchas veces a nuestro pesar, y, entonces, deberemos afrontar la decisión de explorar lo que ocultan o seguir ignorándolas, con el riesgo que esto supone de chocar, involuntariamente, un día con ellas y naufragar.

Estos icebergs son en ocasiones minúsculos y aparentemente insignificantes. Tan inofensivos que nos animan a bajar la guardia y dejarnos llevar por ellos. Nos dejamos llevar a la vez que intentamos vislumbrar sin demasiado interés (o eso fingimos ante nosotros mismos) lo que ocultan bajo la superficie del agua. En ocasiones lo que vemos no nos gusta y apartamos rápidamente la vista intentando volverla a centrar en el horizonte tranquilizador, aunque vacío. Otras nos damos cuenta de que cualquier cosa es mejor que ese vacío y aceptamos el hecho de que la negación que supone el olvido nunca va a conseguir que no fuera lo que una vez fue. De que no es sino una forma de mentira. Entonces volvemos a mirar y quizá a intentar reconstruir esas penas de las que hemos huido tanto tiempo.

Reconozco que soy una de esas personas que evitan recordar porque sé que entre las ruinas de mis olvidos se ocultan presencias indeseables, sucesos y acciones que no quiero revivir. Pero escribir en este blog me obliga a echar la vista atrás y a dar con alguno de esos icebergs cuya parte oculta tanto temo mirar, muchas veces para descubrir que no había un fundamento real para ese temor, otras para encararlo.

El último iceberg con el que he topado mientras pensaba el tema de este artículo ha sido el del bolsito yeyé. Era una bandolera blanca y de escay, con tachuelas y flecos; una miniatura de los que usaban las chicas mayores algo jipis en aquella época, recién iniciados los setenta. No sé si fue el primero o el único bolso de juguete que tuve. Es el único que recuerdo. Apenas disfruté de él, pues a poco de tenerlo me lo dejé en el banco que había en la calle, bajo mi terraza. Y aunque me di cuenta de inmediato, cuando volví a buscarlo ya no estaba. Dentro había metido todo tipo de pequeños tesoros como muestras de colonia, alguna pulsera de plástico o todas esas minucias que, como hoy mi hija, iba acumulando por su brillo, forma o color. Tesoros que me dolió perder casi tanto como el propio bolso. En cualquier caso, una pérdida que no dudaría en calificar de irrelevante por completo si no fuera, precisamente, por la nitidez con que la puedo recordar más de cuarenta años después.

Intuyo que bajo la punta de este iceberg se ocultan culpas, miedos y otras pérdidas, y que muy probablemente no sea muy amable la historia que se podría escribir a partir del olvido del bolsito yeyé blanco, pero quizás ésa sea sólo su primera capa sumergida y bajo ésta haya otras, la de la fascinación infantil por la belleza más humilde, por ejemplo. Todo dependerá, supongo, de la valentía para bucear.

8 comentarios:

  1. Recordar no es malo, sobre todo si lo que recordamos es "lo bueno"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, tienes razón, pero hay que atreverse a buscarlo, porque muchas veces "lo bueno" está oculto y enredado con lo malo.

      Eliminar
  2. Leyendo, acabo de recordar, gracias por ello. Es un trocito de identidad, absurdo pero con una gran carga de sentimiento. Me ocurrió lo mismo que a ti con el bolsito yeyé pero con unos zapatos negros de charol. Los perdí al poco de que me los comprara mi madre, me senté en un instante en un banco y me los dejé. La sensación de perder un tesoro, el primero! Ah, por supuesto, cuando volvimos, ya no estaban.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La sensación de perder tu primer tesoro, muy bien dicho. Una sensación muy dolorosa. Yo creo que fue entonces cuando comprendí por primera vez lo que es una pérdida (y definitiva) y que por eso nunca lo he olvidado.

      Eliminar
  3. Me ha encantdo leerte. Encontrarme en lo que escribes. Los recuerdos en realidad son inasibles, tienen algo de felino, son como gatos que lo mismo te dan cariño justo cuando lo necesitas que un arañazo cuando los buscas.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buena comparación: los recuerdos, como los gatos, son imprevisibles, imposibles de domesticar y fascinantes. Es difícil resistirse a ellos y, además, para qué... Una mirada compensa cualquier arañazo.

      Eliminar
  4. Es posible que esas pérdidas(de objetos) en realidad sean cosas de las que, sin pretenderlo, nos liberamos, porque al sentir apego por ellas nos distraemos de nosotros mismos. Perder un bolsito o unos zapatos de charol puede ser una oportunidad para mirar dentro de nosotros.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eres un espíritu libre, Juana. Te envidio. Yo siento que me pierdo un poco con las cosas y personas que pierdo y me daban seguridad.

      Eliminar