El aroma del recuerdo

Natividad. Natalia Goncharova (1910)

Por J. Teresa Padilla


Decía Unamuno, en uno de esos textos que publicaba en los diarios de su época y luego fueron recopilados por Espasa-Calpe en la serie color verde (ensayo) de la colección Austral, que el sentido de la lectura -y de la escritura- no era la vista, como muchos creen, sino el oído. A mí nunca se me había ocurrido pensarlo, pero fue leerlo (oírselo, debería decir) y quedar convencida. Sí, ya sé que no tiene nada de extraño, que a mí Unamuno me suele convencer sin dificultad de casi todo (soy como aquel cura que interpretaba Agustín González en una película de Berlanga que se preguntaba sobre cualquier tema: “Y Unamuno, ¿qué opina de esto?”). Pero, en este caso concreto, me parece que nadie podría discutírselo. No es por casualidad que aprendemos a leer haciéndolo en voz alta y que no hay nada que dificulte tanto el aprendizaje de un idioma (propio o ajeno) que la falta de oído.

Estoy convencida de que la incapacidad que tantos declaran para leer (y entender) otra cosa que no sean relatos lineales, estructurados de acuerdo con las reglas de las novelas de gran consumo, es que leen con la vista, haciéndose una “película” mental de lo que están leyendo. Así como los peores escritores son los que transcriben esa “película” y, en lugar de crear una realidad de ficción, se limitan a plasmar por escrito una imagen previa, representación ella misma, de esa realidad. Claro que gran parte de culpa la tiene el propio idioma, que llama precisamente “imaginación” a esta facultad creadora o recreadora de realidades alternativas.

En fin, tengo la impresión de que la lectura es una actividad en sentido estricto, mientras que la contemplación de un espectáculo visual (cine, teatro...) es mucho más pasiva; que la primera nos exige volver a realizar en gran medida el trabajo creador del autor mientras que en la segunda se nos da todo o casi todo hecho (¡benditas elipsis!). Lo que sí es indudable es que la visión exige cierta lejanía, una mínima distancia. Lo visible es necesariamente exterior a nosotros, ajeno. Y, por ello, poco puede decirnos de nosotros mismos. Mucho menos, desde luego, que las palabras, las cuales, por impresas que estén en un papel, por externas y visibles que sean, sólo se entienden en cuanto se nos susurran al oído y las hacemos nuestras.

Y el recuerdo, ¿de qué sentido obtiene sus materiales, ésos a los que termina dando cierto orden para crear “nuestro pasado”? Si a mí me preguntan por los veranos de mi niñez, por ejemplo, yo diría que mis recuerdos están hechos a partir de los contenidos que les proporciona el oído. No niego que tenga imágenes inconexas de ellos, pero lo que de verdad da sentido al “verano”, aquello con lo que lo identifico y que de verdad es capaz de traer a mi memoria sucesos pasados correspondientes a él, es el sonido ensordecedor de las cigarras a mediodía. Lo oigo y casi vuelvo a sentir de nuevo el calor sofocante y la luminosidad cegadora que me permiten ubicarme (no sólo de forma visual, sino físicamente) en aquellos secarrales que tanto abundaban en torno a mi casa e incluso en la localidad costera donde ocasionalmente pasábamos unos días, aunque aquí el sonido está en dura competencia con el olor a mar. También es esencial el oído para reconocer a las personas. Los rostros cambian mucho más que las voces, prácticamente idénticas, y apuesto que es más fácil identificar a alguien que formó parte de tu pasado más remoto si lo oyes hablar a tus espaldas que si te lo cruzas de frente.

Si pienso en las Navidades es el olfato, en cambio, el que adquiere el protagonismo: el olor al asado de carne que se horneaba lentamente desde bien temprana la tarde el día de Nochebuena y siempre en aquella única ocasión. Es mi particular y navideña “magdalena proustiana”. Mucho más poderoso incluso que el oído para instalarnos en el pasado (eso es lo que significa en el fondo recordar, colocarse de nuevo en un tiempo que fue), el olfato tiene, no sé muy bien si a su favor o en su contra, la característica de que no siempre podemos o sabemos identificar lo que olemos, y eso hace mucho más real (más presente, menos pasada) la situación en la que nos ubica. Más real y misteriosa. Un ejemplo: fuera por algún desorden en el funcionamiento de mi pituitaria o por una agudización de su sensibilidad, el caso es que durante mis embarazos era capaz de percibir un olor que me resultaba absolutamente desconocido. Un olor cuyo origen, si es que tenía uno real, nunca fui capaz de identificar. No lo sentí hasta aquella época de mi vida, pero alguna vez, mucho después (y aunque con una intensidad y frecuencia infinitamente menor) lo he vuelto a oler. Y con él revivo los momentos a los que está asociado.

Seguramente también habrá recuerdos que tienen su origen en sensaciones táctiles y gustativas, pero ¿qué pasa con las imágenes? Creo que si me detengo a reflexionar sobre cómo recuerdo tengo que reconocer que apenas juegan ningún papel. Sólo puedo poner al nivel de los sonidos y los olores sensaciones visuales que ni tan siquiera merecen llamarse, por su inconcreción, imágenes: las diferentes tonalidades e intensidades de la luz según la estación o el momento del día y cosas semejantes. Desde luego que todos tenemos en la cabeza estampas de nuestro pasado y quizás podamos decir que “nos vemos” jugando con la arena en la playa o tocando la pandereta ante el belén. Pero estas imágenes me parecen más el resultado del recuerdo, su producto, que aquello con lo que lo hacemos. No son los ladrillos de la memoria, sino el edificio que construye. Son fragmentos de nuestra historia que hemos logrado reconstruir a partir de materiales mucho más íntimos, de sensaciones más propias. Y seguro que podemos describir aquel pasado de una manera más vívida recuperándolas del olvido. “Hacía frío fuera, pero olía a carne asada y por toda la casa se extendía el calor del horno”, así comenzaría mi relato inspirado por la visita del fantasma de las navidades pasadas. ¿Y el tuyo?

2 comentarios:

  1. “Hacía frío fuera, pero olía a carne asada y por toda la casa se extendía el calor del horno”. Un comienzo muy acogedor para un relato, ¿por qué no lo continúas?

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    1. Pues no lo sé, porque quizá es eso lo único que necesito recordar, aunque quién sabe...

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