Derecho al olvido

Foto: Colegio de las monjas de Noreña (aprox. 1940)

Por J. Teresa Padilla

El concepto mismo se ha hecho célebre al hilo de las demandas de algunos particulares a los buscadores de Internet para que borren o “desindexen” informaciones personales que no quieren ya que sean de acceso público. Se trata, pues, de un caso concreto de la Ley de Protección de Datos y del derecho al acceso, modificación o eliminación de los que en algún momento facilitamos o hicimos públicos. O sea, de algo mucho más prosaico de lo que sugiere “derecho al olvido”.

Sobre el derecho al olvido tal cual (no sobre el “digital”) cabría hacer muchas reflexiones: si no es contradictorio con el imperativo “deber de recordar” o si ni tan siquiera existe la posibilidad misma de olvidar (a voluntad) y por lo tanto tiene algún sentido hacer del olvido objeto de un derecho.

Pero no estoy, como casi nadie estos días, con demasiadas fuerzas para reflexiones. Son días tristes en que lo más adecuado sea quizá buscar un motivo cualquiera para sonreír, que no olvidar (lo que seguramente no se puede ni debe). Para sonreír a costa de mí misma y del derecho imposible al olvido, que me gustaría tener, de una determinada época de mi vida. Y para imaginar una posible alternativa a la insistencia del molesto recuerdo.

Si tienes la suerte de recordar tus años de colegio o instituto como una época en general feliz y a tus compañeros con afectuosa nostalgia, nada de lo que voy a contar a continuación tenga probablemente sentido para ti. Que lo sigas leyendo o pares aquí dependerá, supongo, de tu curiosidad por otras extrañas formas de vida (o de ver la vida). La mía, sin ir más lejos. Aunque a mí no me resulte, claro está, nada extraña, sino plenamente justificada por los hechos.

Sí, odiaba el colegio, a la inmensa mayoría de las profesoras y apenas me entendía, y parcialmente, con algunas compañeras. Dicho así me doy cuenta de que estoy presentándome poco menos que como una “sociópata”, y de eso nada. Por lo que recuerdo y lo que me han contado, no tenía prejuicio alguno sobre el colegio y era una niña que se escolarizó sin montar dramas de lloros o pataletas. De hecho, aún recuerdo con cariño a las monjitas con las que hice el preescolar, como se llamaba entonces. En fin, que fui con la mejor de mis voluntades, y que, si terminé odiándolo, la culpa no sería sólo mía, digo yo, sino que habría otras razones objetivas. Cuando, por fin, logré dejarlo atrás, me quedé sólo con un par de amistades y una firme determinación de olvidar cuanto antes todo lo que fuera posible. Conservé estas dos cosas sin darme cuenta de que eran incompatibles: tenía que haber elegido entre las amigas y el olvido, porque las amigas, por muy amigas que sean y bien al tanto que estén de tus propósitos amnésicos, nunca te permitirán olvidar.

Nunca, jamás te lo permitirán; aunque ellas odiaran el colegio y a las profesoras casi tanto como tú. Ignoro la razón, pero resulta imposible que nuestro presente, por interesante que pueda en ocasiones ser, acapare nuestra conversación. Más tarde o más temprano terminamos hablando de nuestro pasado compartido que, desgraciadamente, se reduce en la práctica al escolar. Bueno, ellas hablan y yo refunfuño y despotrico a diestro y siniestro. De nada sirve que, a continuación, intenten desviar mi atención del colegio y su profesorado dirigiéndola a mí misma. Aunque las anécdotas, casi todas sobre mi legendaria torpeza física y desesperante lentitud mental, en sí mismas pudieran ser divertidas, hablan de mí, sí, pero de mí en el dichoso colegio. Ni que decir tiene que me pienso muy mucho lo de quedar con ellas y, sobre todo, me preparo concienzudamente un listado de temas apasionantes de conversación que impidan la irrupción del pasado colegial. Es inútil. Al parecer, mucho más excitante que el presente o el futuro es siempre ese dichoso pasado.

Pero lo que ya es el colmo es que me propongan, con toda la buena voluntad de la que son capaces, que me apunte a ir con ellas a la reunión de antiguas alumnas de turno; esos engendros que, por lo que veo en las películas, a casi todo el mundo horrorizan y, sin embargo, constituyen una tentación prácticamente irresistible. Como la de terminar convirtiendo el pasado en tema estrella de la conversación entre amigos de toda la vida. Por lo menos en este último caso se supone que estás entre gente que te aprecia y los daños colaterales son involuntarios, pero en el primero… Cuando abriendo los ojos como platos les pregunto a mis amigas cómo se les ocurre que pudiera tener la más mínima intención de acudir a estas reuniones, la respuesta suele ser tan sincera como inocente: para cotillear qué ha sido de unas y otras. Entonces me toca hacerles notar que muy probablemente esas “unas y otras” también acudirán por las mismas razones y, en consecuencia, sean ellas las que terminen siendo víctimas de esa curiosidad nada bienintencionada. Sí, es un riesgo, me reconocen, pero que compensa el posible placer de ver lo estropeada que está fulana o mengana. Porque, eso sí, otra cosa no sé, pero nosotras nos vemos como siempre (o mejor). Yo no me fío, así que no voy. O no iré hasta que tenga bien preparada mi historia. ¿Qué historia? Aquella en la que reconstruya esa época que no quiero recordar pero no puedo, ni me dejan, olvidar. Una historia que me inventaré. ¿Una mentira? Más bien la verdad que debió ser entonces y que todavía podría llegar a ser cuando sea capaz de contármela. El hiperrealismo, en la literatura y en la vida, me parece, aparte de pasado de moda, un auténtico error. No sé, aún no la tengo muy clara: será la de una niña con superpoderes en lucha con unas malignas brujas que se ríen creyendo haberse salido con la suya mientras empieza a percibirse el olor a chamusquina de sus escobas quemándose… Ya que, al parecer, no tengo más remedio que recordar, ¿por qué no inventarse el recuerdo? Una forma tan buena como cualquier otra de liberarse del peso opresivo de los hechos y, sin negarlos, incluirlos en tu biografía que, al fin y al cabo, no es otra cosa que la vida que deseas vivir: tu presente y tu futuro.

2 comentarios:

  1. Me lo he leído, aunque yo tengo buenos recuerdos tanto del colegio como del instituto. O tal vez me he inventado esos recuerdos. En cualquier caso, son los que tengo y me gustan :)

    Un abrazo

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    1. Eso es lo único que importa: que sean los recuerdos que quieres tener.

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