Restos del naufragio

Por J. Teresa Padilla

Pasajeros de tercera en la cubierta del Titanic. Foto: Francis Browne

Altamar, 12 de abril 1912

Querida madre:

Tengo conmigo aquel diario que me regalaste, orgullosa, cuando acabé la escuela. Orgullosa de mí y también de ti misma, por haber encontrado aquel cuaderno de páginas en blanco encuadernado como un libro de lujo; el libro que aún no era, el que yo tendría que escribir. Parecías no albergar ninguna duda de que, fuera lo que fuera lo que terminara relatando en él, merecería esas cubiertas y lomo de piel con ornamentos dorados. Sabías que me deslumbraría su belleza, que nunca habías podido regalarme, ni yo poseído, nada tan hermoso. Y, sí, claro que quedé fascinado por él.

Pero, cuando tuve ante mí la primera página, me aterró la idea de ensuciar su blancura rota con frases vacilantes, con párrafos cuya vulgaridad destacaría por fuerza en la deslumbrante belleza del soporte destinado a contenerlos. Decidí por ello ir escribiendo en hojas sueltas y copiar luego lo que mereciera pasar al Libro. Comencé a contar cómo es nuestra familia, nuestro pueblo. La escuela, la iglesia, la plaza. A caracterizar a algunas personas. Un trabajo previo al de narrar mis días, como correspondía al propósito de un diario. Y pasé entonces al relato de mis pequeñas hazañas, alguna travesura divertida, sucesos tristes y otros más alegres y, pronto (al fin y al cabo soy muy joven), llegué al presente y empecé a dejar constancia de lo que hacía, de mis idas y venidas, de lo que me pasaba y de esos planes que discutía conmigo mismo, los amigos e incluso contigo.

Cuando tuve una cantidad de hojas escritas que me pareció razonable, las releí con el fin de corregirlas, pasarlas a limpio y fijarlas para siempre en el diario. Pero no pude. Aunque no era capaz de explicarme ni siquiera a mí mismo la razón, encontraba todo lo escrito indigno de aquel libro-joya. Rutinario, aburrido… No me reconocía. Ése que aparecía hablando en primera persona podía ser yo como casi cualquier otro. Y tú, una madre como tantas otras, cuando yo sé que no te pareces a nadie. Lo tiré todo y renuncié, desengañado por mi torpeza.

Renuncié, hasta este momento. Ahora, a cientos de kilómetros de ti y de todo lo que fue nuestro hogar, creo que lo empiezo a entender. Desde aquí, sobre este océano que, a pesar de su nombre, nada tiene en común con aquel en que chapoteaba las tardes de verano en casa, rodeado de estas falsas y traicioneras montañas de hielo, he ganado la distancia necesaria para ver y, sobre todo, sentir con más claridad. Una distancia que no es física. Es la perspectiva que da el miedo. El miedo a perderme y perderte, a ti y todo lo que en torno a ti cobra sentido y por eso puedo llamar mi casa.

Sí, ahora que inicio una aventura, que sin duda tendría muchas curiosidades que relatar y con las que tejer una narración entretenida de mis días, me doy cuenta de que no es esto lo que quiero contarme a mí mismo en el diario y poder contarte un día a ti. De pronto sé que lo que mejor puede describir mi mundo y a mí mismo es el sonido y el olor que desprendía la falda de interminables capas de la abuela, su tacto áspero o sus manos siempre frías, enrojecidas y con prisas, que me aseaban con la misma meticulosidad y energía con la que fregaban el suelo de la cocina. O la alegría y la decepción, según los casos, que me asaltaban a la vuelta del colegio cuando intentaba adivinar por el olor lo que habías preparado para comer. También la culpa y la vergüenza: por los celos que no podía evitar sentir cuando descubría en la mirada de algún hombre que no sólo eras mi madre; por recordarte de improviso con mi gestos a mi padre y provocar, sin yo quererlo, un dolor que tu mirada no podía disimular; por decidir, como él, partir lejos de ti.

A diferencia de él, yo quiero seguir recordando quién soy y dónde está mi hogar: soy el niño en cuyo pelo te gustaba hundir tu cara al final del día, y mi casa está en ese regazo cálido. Quizá llegue a ser más donde me dirijo. O no. Pero seguiré siendo el mismo y, con las manos llenas o vacías, volveré porque, en realidad, no he terminado de irme y sigo allí, contigo. Aunque no, mis manos no podrán nunca estar del todo vacías: en ellas estará el diario, cuyas primeras líneas acabas de leer, y espero que él sea también para ti, como lo fue para mí, lo más hermoso que te hayan regalado nunca.



Nota: Ésta es una carta imaginaria. En Madrid puede verse estos días una exposición sobre el Titanic en la que se exhiben, entre otros, diversos objetos personales de los pasajeros y tripulantes con el fin de mostrar el lado más humano y menos espectacular de aquella catástrofe. A pesar del glamour que asociamos a esta travesía, no está de más recordar que la mayor parte de los pasajeros eran modestos emigrantes que viajaban en tercera clase. Por eso, aunque ni he visto ni creo que vea esta exposición (no comparto ni entiendo bien la fascinación que aquella tragedia despierta en tantas personas), me ha servido para imaginar esta carta, que no es un resto real de aquel naufragio, pero sí el fruto de otro, mucho menos trágico: el de un artículo que intentaba escribir sobre las razones a favor y en contra de dejar prueba escrita de nuestra vida, de una autobiografía. Éstas son tantas y tan variadas que me bloqueé al no encontrar un enfoque atractivo. Así que, un poco para darme tiempo, empecé a fabular esta carta y descubrí que quizá ella dejara más claro que una reflexión teórica cuál es, por lo menos, la mejor de las razones a favor y cuál nunca sirve como razón en contra. ¿El mejor motivo para contar quién eres? Regalarte a los demás. ¿Los motivos para no hacerlo? También los hay, y justos, pero nunca vale el “no tengo nada que decir”. No, esto nunca es cierto, y hasta de los mayores naufragios siempre quedan restos. Y dignos de recuerdo.

2 comentarios:

  1. Magnífica carta, me ha encantado que al final sea el miedo lo que de una explicación coherente a todo. Y es que el miedo es tanto un freno como un motor. Tu nota me ha parecido no menos maravillosa. Siempre hay algo que decir. Siempre hay historias que contar.

    Muchas gracias por la carta y la nota.

    Un abrazo

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    1. El miedo, el fracaso, los naufragios... Se puede sucumbir a ellos, pero si no se viven no creo que se llegue de verdad a vivir (y quizás a contar).
      Un beso, Ana, y gracias por leerme también aquí.

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