La invención de la memoria

La persistencia de la memoria. Salvador Dalí


Por J. Teresa Padilla

 Hay personas con buen oído y otras que no lo tienen. Con un olfato finísimo o sin él. Que gozan de una visión envidiable o bastante cortas de vista. Listas como ardillas o algo más lentas. También hay personas con una memoria prodigiosa y otras, más bien, “de pez”. La memoria es, como cualquier otra facultad y sentido, algo que no todos tenemos igual de desarrollado. Pero, en realidad, no importa tanto como en principio pudiera parecer. Igual que el ciego o el sordo agudizan sus demás sentidos por encima de la media para compensar su limitación, también las personas olvidadizas tienen sus trucos. Ellas o su propia memoria (no está del todo claro). Y de lo que en principio no puede dejar de verse como una necesidad hacen una virtud.

Es importante subrayar que el defecto en sí de carecer de una memoria medianamente buena podría ser muy grave. En gran medida le debemos nuestra propia identidad personal a ella, que recoge y mantiene viva y vinculada con el presente toda nuestra historia pasada. La memoria es, en realidad, una contadora de historias. Más concretamente de la nuestra, de la más personal y propia. De forma que, así como el mundo del invidente carece de color, un “desmemoriado” tendría una idea bastante limitada de quién es, lo que, desde luego, sería infinitamente más grave.

Confieso que me cuento entre las personas con poca memoria, de manera que puedo hablar del tema con pleno conocimiento de causa. Mi limitación me pone en clara desventaja a la hora de opositar a notarías, por poner un ejemplo. O salir victoriosa de alguna estúpida discusión sobre quién dijo qué en un momento determinado y sembró así la semilla de la discordia. Pero sé quién soy tan bien o incluso mejor que muchos de los que son capaces de recordar el día, mes y año en que conocieron a todo el mundo (o casi). Yo tengo tanto pasado como cualquiera. Y en absoluto más pobre que el suyo. Bueno, en algo sí es más pobre: en fechas precisas. Pero, y ésta es la arriesgada tesis que tengo intención de defender en este artículo, en mi defensa y en la de todos los que son como yo; o no lo son, pero perciben esas fechas y datos concretos como un obstáculo más que cualquier otra cosa en la reconstrucción de su vida pasada (que los hay, los hay); la tesis, repito, es: cuando se trata de esto, de rehacer y dar un sentido unitario a nuestra vida pasada y presente, la memoria nunca, nunca trabaja sola (será porque la vida no se parece en nada a una oposición a notarías –o a una discusión estúpida-).

Ese aliado sin el cual la memoria no pasaría de ser una triste documentalista es la imaginación creadora, o como quiera que llamemos a la facultad que nos permite trascender la realidad inerte de los datos, los sucesos y las fechas. Ella nos hace “sensibles” a la ficción y “productores” de la misma, permitiendo así que nuestra vida sea mucho más que una mera colección de sucesos encadenados. Si no me termináis de creer, pensad en las biografías de personajes célebres que suelen realizar los historiadores más rigurosos o “científicos”. Ellas nos informan con enorme exactitud, detalle y aparato documental de dónde y cuándo nació la persona en cuestión, de quiénes fueron sus padres o hermanos; de dónde y en qué se formó, de con quién y cuándo se relacionó, de los momentos y decisiones cruciales que le convirtieron en el personaje que fue. Pero sólo de eso: son biografías de personajes; de su vida pública, principalmente, y de la privada “vista desde fuera”. Nos dan a conocer quién fue y cómo vivió, por ejemplo, Napoleón, pero nada sabemos (mientras el historiador se ciña a lo documentable de forma objetiva) del hombre que había tras el personaje.

Por desgracia hay personas que se pierden a sí mismas hasta el punto de confundirse con su “personaje”. Es muy posible que éste fuera el caso del propio Napoleón, como el de tantos otros mal llamados “grandes” hombres. Quizá ello explique el desprecio que, por sus actos, podemos sospechar que sentían hacia el resto de los seres humanos, los hombres normales. Éstos no eran “grandes”, no podían considerarse “personajes”, luego no eran nada… Como ellos, que no eran nada sin sus uniformes, sus ejércitos o su poder. Por eso, en realidad, es tan fácil para un demente creerse Napoleón: cualquiera debidamente vestido podría pasar por él.

Las personas de verdad resultan más difíciles de imitar y replicar. Lo que son es, en gran medida, un producto del trabajo de su memoria, pero éste se parece más al de un escritor de ficción que al de un concienzudo historiador. La memoria es, incluso en los mejor dotados, una tramposa que miente o no se ajusta a la verdad, pero sus errores y mentiras son tan verdaderos como nosotros mismos, que no somos más que el resultado final de su constante labor creadora y recreadora. Por un lado están los falsos recuerdos, esos que se refieren a acontecimientos que nos han contado tantas veces sobre nosotros mismos que hemos llegado a creer que los vivimos y recordamos de verdad. Nuestra primera infancia se construye sobre todo con ellos, pero no sólo esta época de nuestra vida (especialmente en el caso de los que, como yo, desconfiamos de nuestra capacidad memorística). Por otro lado también hay “recuerdos de recuerdos”: muchas veces lo que evocamos no son los propios sucesos, sino momentos posteriores en que se rememoraron o vinieron a la memoria. Ambos tiempos terminan mezclándose y transformando el recuerdo original. Para colmo, la memoria sufre una grave dolencia: el horror vacui. Así que rellena los huecos con recuerdos que, más que falsos (como esos de los que creemos acordarnos, aunque en realidad sólo sepamos de su contenido por otros medios), son creativos, y lo que engendran sorteando los vacíos es justamente la unidad y coherencia del conjunto, del todo que somos. Éstos podrían en principio parecer los más inveraces de todos, pues no son sencillamente inexactos, pero, por el contrario, son los más fieles a nosotros mismos, los que nos dicen quiénes somos, porque sus “creaciones” responden a la lógica íntima del resto de nuestro relato (de nuestra memoria) y la resumen y expresan mejor que cualquier auténtico recuerdo puntual.

Lo que recordamos (de primera mano o por el relato de otros) y lo que olvidamos (casi siempre no tanto por mala memoria como por voluntad propia) termina conformando una narración razonablemente unitaria gracias a esa memoria por fortuna nada rigurosa. Que sea la tuya o la de un personaje “sin alma” ya no depende de ella, sino de si la vida que reconstruye y a la que da unidad y sentido está protagonizada por ti o por alguno de tus disfraces públicos. Y es que, parafraseando al clásico, primum vivere, deinde recordare.

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