La batallita: un clásico incombustible




Por J. Teresa Padilla

Ya sé que, cada vez que amenaza con irrumpir de nuevo en la conversación, fingimos de una forma teatralmente exagerada el mayor de los hastíos. Que quienes las cuentan, nuestros mayores por lo general, aunque ni mucho menos sólo ellos, lo hacen en gran medida de manera involuntaria. La frase más insulsa, el detalle más nimio, puede traerles a la memoria, en el momento más insospechado, alguno de esos escogidos episodios de sus vidas que irremediablemente tienen que ser verbalizados y compartidos. A pesar de conocer de sobra la reacción que van desencadenar en su auditorio. A pesar de saber que terminarán siendo víctimas de todo tipo de mofas, imitaciones y chanzas. A pesar de todo. Cuando el recuerdo que la batallita relata se despierta, no hay fuerza humana o divina que lo contenga en el silencio de la propia memoria.

Esto es así. Es un hecho incontestable avalado por siglos de experiencia coloquial y generaciones de humanos parlantes. Tarea de la psicología será encontrar una explicación convincente a semejante comportamiento a todas luces temerario, gratuito y absurdo. No la he encontrado, aunque seguro que tampoco la he buscado con la aplicación necesaria, pero todo apunta a que el origen conductual o psicológico de las batallitas sigue siendo un enigma.

Sobre todo, porque ni siquiera está muy claro lo que son. La definición que el Diccionario de la Real Academia da de este peculiar diminutivo del término “batalla” es, cuando menos, discutible e inexacta: “Relato de acontecimientos pasados en los que el narrador se atribuye un protagonismo normalmente excesivo”. De acuerdo con esta definición, la batallita es un relato autobiográfico (tal es lo que entendemos por atribución de protagonismo) de hechos pasados concretos, de anécdotas. Lo que ya no se entiende tanto es lo que se quiere decir con “protagonismo normalmente excesivo”. En mi opinión, nunca se pueden protagonizar “excesivamente” los sucesos de la propia vida. De hecho, deberíamos esforzarnos por protagonizarlos con todo el exceso posible. Sólo faltaba que otro personaje pretendiera robarnos plano en el relato de nuestras anécdotas.

Pero no, lo que la Real Academia quiere decir con “protagonismo normalmente excesivo” no es esto. Lo cierto es que los académicos son muy educados y no quieren llamar a las cosas por su nombre, lo cual, dicho sea de paso, no deberían podérselo permitir precisamente ellos. Lo que se insinúa con eso del excesivo protagonismo es que el narrador de las batallitas tiende a exagerar mucho en el relato su papel, a sobreactuar y hasta a MENTIR.

Visto así, el origen de la batallita parecería estar en un tan natural como vergonzante e inconfesable narcisismo o egocentrismo. En el puro afán de protagonismo.

Hablemos claro (a diferencia del DRAE): esto es mentira. Una burda y, lo que es peor, malintencionada mentira. La batallita es tan verdadera como cualquier otra anécdota, sólo que ha sido contada, y muchas veces; es decir, que la batallita es literatura oral en estado puro, y ésta tiene sus propias leyes inexorables. Por ejemplo: una historia transmitida oralmente se va enriqueciendo en proporción directa a las veces que es contada. Porque el narrador asiste en directo a la reacción de sus oyentes y, de la misma manera que va suprimiendo aquellos detalles que observa que no interesan, va añadiéndolos en las partes del relato con más éxito público. Vale, sí, estos detalles a veces son reales y otros, quizá, no lo son tanto. Pero tampoco son exactamente mentiras; en todo caso, exageraciones. De hecho, estos controvertidos añadidos tienen la misma función que los trazos individuales que terminan creando una caricatura. Puede que en sí mismos no se parezcan nada a la realidad que pretenden representar, pero juntos dan, en muchos casos, una imagen de ésta más fiel que una simple fotografía. Y es que de eso se trata: no de mentir sobre nosotros mismos, ni de despertar en el auditorio murmullos de admiración, sino de presentarnos tal y como en el fondo somos. Aquí, y no en ningún egocentrismo, está el verdadero origen de este tipo de relatos.

Ya el propio carácter del acontecimiento que termina dando lugar a la batallita dice mucho de quién somos. Si somos narcisistas, será obviamente uno que nos permita lucirnos con nuestras mejores galas. Pero, en realidad, este tipo de batallas no son las más frecuentes ni, sobre todo, las de mayor éxito. Porque, que lo sepáis, las batallitas pueden sobrevivir a su narrador y pasar de generación en generación. Y éstas, como ocurre siempre en literatura, son las buenas, las ejemplares.

Célebres son las batallas de carácter épico y cómico (puro, o mezclado con el épico), porque, como productos literarios que son, también aquí hay géneros. Aparte de los dos mencionados, también las hay del género lírico (en cualquiera de sus acepciones), bucólico (de ambientación rural o campestre), erótico (un valor seguro) y hasta gastronómico o etílico.

Como veis, estos anecdotarios orales dan para más de una entrada. ¿Quién es el valiente que se atreve a contarnos una?

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