El diario: un escritor al desnudo





Paul Delvaux. Le miroir, 1936


J. Teresa Padilla

 Escribir un diario es una práctica habitualmente recomendada como terapia psicológica. Los expertos destacan que el mero hecho de sentarse ante una página en blanco, y objetivar en ella las preocupaciones o problemas que en cada momento puedan atormentarnos, nos distancia de ellos lo suficiente como para contextualizarlos, comprenderlos en su auténtica dimensión y poder así encontrarles solución más fácilmente.

Lo que es obvio, y no necesitamos que ningún psicólogo nos lo diga, aunque no esté de más que nos lo recuerden, es que escribir sobre nosotros mismos y nuestra vida nos ayuda a conocernos mejor, y este conocimiento de uno mismo es el principio de cualquier otro.

Todo aquel que en algún momento haya realizado el ejercicio de disponerse a redactar alguna idea o pensamiento habrá observado que, muy a menudo, lo que pensaba expresar y lo que al final expresa no son, de hecho, exactamente la misma cosa. Pensar es, en realidad, hablar con uno mismo, y no hay mejor forma de consumar este necesario desdoblamiento (en que un yo habla y otro le corrige o pone objeciones que obligan al primero a precisar mejor o incluso modificar lo que piensa) que escribir. Porque, cuando meramente pensamos o reflexionamos, suponemos muchas cosas que sobrentendemos y hacen para nosotros, pero sólo para nosotros, obvio el sentido o la lógica de nuestros pensamientos.
Cuando escribimos, por el contrario, nos obligamos a dar expresión a todas esas ideas o sentimientos ocultos sin los cuales la frase que intenta transmitir nuestro pensamiento no resulta inteligible. Y, al final, muchas veces se descubre que lo más importante no era ese pensamiento consciente al que queríamos dar una expresión comprensible (comunicable en general, aunque no pensáramos compartirla con nadie más), sino todas esas ideas y sentimientos que hemos necesitado sacar a la luz de la escritura para poderlo expresar.

Los diarios son una práctica que frecuentemente se inicia en la adolescencia, y no es casual. La pubertad es quizá la transición más importante y brusca que experimentamos en nuestra vida, la que nos lleva desde la infancia a la edad adulta. La súbita transformación de nuestro cuerpo, y con él de nosotros mismos, nos convierte en unos extraños en los que apenas nos reconocemos y tiñe el familiar y seguro mundo de nuestra infancia con la misma extrañeza. El novelista israelí David Grossman, que tanto ha escrito sobre ella, describe la adolescencia como un túnel, más o menos largo y oscuro, en el que entramos siendo niños y que recorremos siempre solos. Y cuando salimos de él nos enfrentamos a un dilema que marcará nuestra existencia adulta: olvidar lo vivido y sentido en ese túnel o asumirlo. La primera opción es, obviamente, la más fácil, la que nos augura quizá menores sufrimientos, pero también es la que nos impide llevar una vida verdaderamente propia. Sencillamente, nos hace indistinguibles de los demás, porque nuestra auténtica identidad personal se ha forjado en ese túnel.

En el túnel de la adolescencia, cuando aún no hemos tenido que enfrentarnos a esta decisión crucial, se escriben muchos diarios. Se escriben porque es entonces cuando estamos inmersos en el proceso de entendernos a nosotros mismos y lo que nos rodea. Una comprensión que siempre es necesaria, pero en ese momento resulta imprescindible y urgente. Estos diarios (los de la adolescencia y todos los que propiamente merecen ese nombre) no son crónicas objetivas de lo que nos sucede, a nosotros mismos o a nuestro alrededor. El autor es el protagonista absoluto del relato y todo, absolutamente todo, está teñido por su peculiar visión tanto de sí mismo como de los demás. Y aunque al releerlos tenga la sensación de haberse engañado e incluso la tentación de abandonarlos para siempre o destruirlos, no puede dejar de reconocerse a sí mismo tras esa “ficción” o incluso “farsa”, porque cuando la mentira es sincera ilumina a su autor tanto como la verdad. A su autor y su mundo, y por eso el Diario de Anna Frank es una de las mejores obras sobre la Shoah.

Si hay un rasgo inherente a los diarios y que los defina es éste: la sinceridad. Son escritos que no están destinados a hacerse públicos, en los que no somos tan propensos a justificarnos, mostrar nuestra mejor cara o probar de lo que somos capaces. En ellos, dialogamos con nosotros mismos: discutimos, nos peleamos, nos consolamos, nos intentamos reconciliar, nos creamos. Y con sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus “mentiras”, nos enseñan quiénes somos y nos pueden ayudar a no renunciar a serlo, e incluso, si un día lo deseamos, a mostrarnos en toda nuestra desnudez y autenticidad a otros.

Pocas experiencias hay tan gratificantes como la de reconstruir la biografía de alguien a partir de sus diarios. Atrévete a escribir el tuyo.

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