¿Qué cuenta una biografía?


Por J. Teresa Padilla


Algunas personas piensan que su vida no merece ser biografiada. No entienden qué interés puede tener ésta para los demás cuando no son celebridades, no han tenido una trayectoria vital peculiar o muy diferente a la de sus contemporáneos, ni tampoco han sido testigos de grandes acontecimientos: guerras, emigraciones masivas, catástrofes naturales, radicales cambios políticos…

Otras, cuando piensan en unas posibles memorias, recopilan todo tipo de datos sobre sus antepasados o los sucesos históricos más importantes que han ocurrido desde su nacimiento, independientemente de si tuvieron o no alguna auténtica repercusión en sus vidas.


En ambos casos, estas personas y sus vidas quedan fuera del relato. Y, sin embargo, son ellas las que interesan, tanto en los escritos explícitamente biográficos o autobiográficos, como muy probablemente en los que no lo son, porque incluso éstos tienen un autor y no pueden dejar de dar testimonio de él. Al menos cuando no se trata de literatura científica. Y la biografía, desde luego, no lo es.


“Apuntar los hechos de la vida me aburre, al margen de que mi vida apenas cuenta con hechos dignos de ser apuntados”. Esto dijo un escritor que estaba convencido de que “el espíritu de nuestra época” dictaba que el tema de cualquier relato no pudiera ser otro, en el fondo, que uno mismo (cómo se ha vivido o intenta vivir). Aunque, precisamente por esto, se vio obligado a distinguir entre la realidad (la vida) y los hechos.

Los hechos son los sucesos y acontecimientos que comparten un grupo más o menos numeroso de personas: los miembros de una generación, de un país, de un grupo étnico, político o religioso, de una familia… Facilitan una información que, sin duda, puede ser valiosa e interesante, pero que nada dice del individuo concreto e irrepetible que se supone debe ser el protagonista del relato biográfico. ¿Por qué? Precisamente porque los hechos son idénticos para él y otros muchos. Sólo si, en lugar de poner el foco en ellos, la atención se dirige al testimonio que la persona concreta puede dar de los mismos, el texto puede tener interés biográfico. Es decir, cuando el relato, lejos de ser un ensayo, se convierte en una narración subjetiva que no pretende ser fiel a los hechos, sino a aquel que los ha vivido. Obviamente, entonces surge la polémica. Muchos verán tergiversados los hechos, no reconocerán a las personas o las situaciones de las que se habla. Justamente aquellos que confunden la realidad (personal y única) con los hechos (comunes y compartidos).

El testimonio personal de los hechos colectivos (sociales, políticos o familiares) es una posibilidad de hacer biografía, pero indirecta. Por ello es tan proclive al malentendido. Sin embargo, hay otra forma mucho más directa y franca de acceso a esa realidad única que cada uno es y que las buenas biografías deben esforzarse en distinguir de los hechos: la vuelta a la infancia.

Si hay un momento en la vida en que sin lugar a dudas se ha sido único e irrepetible es la infancia. La vida es la mayor aventura que se puede emprender y, de hecho, se inicia en la niñez por mucho que, sea por miedo o conformismo, se haya en cierta forma desistido luego de protagonizarla. Cuando éste ha sido el caso, recuperarla del olvido y contársela a uno mismo y a los demás es la mejor forma de retomarla. Si se ha tenido la valentía (o la suerte) de no haberla olvidado, pudiéndose así considerarse el actor principal de la propia vida, contarse su historia de nuevo es una buena forma de conocerla mejor, seguirla viviendo (o vivirla con mayor intensidad aún) y compartirla con los demás. En realidad, la mayoría de las veces, si no siempre, ocurre que se da una mezcla entre estas dos situaciones. De ahí que, quede o no por escrito, se comparta o no, el relato de la infancia propia sea imprescindible para llevar una vida equilibrada y centrada, para conseguir cierta felicidad personal.

El mejor y más auténtico relato biográfico es, sin duda, aquel capaz de profundizar en la infancia y en todos esos momentos de la vida en que, al margen de otras vicisitudes vitales, se vuelve a la novedad de la niñez (el amor, la paternidad, incluso la vejez). Este tipo de relato es el que nos muestra al ser humano concreto e insustituible. Otra cosa es que no se quiera presentar a éste, sino al político, al ingeniero o, en general, al personaje público. Entonces, sí. Entonces lo que cuentan son los hechos.

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